A catorce días de comenzada la guerra, lo único que parece estar funcionando de acuerdo al plan de la Liga Epstein es la desinformación. El resto son conjeturas, lecturas de entre líneas, transversales que contradicen todo el tiempo el relato oficial de Washington y la Foca Gangosa al mando.
Mientras la censura draconiana establecida por el ente sionista hace imposible conocer los daños reales que la cohetería iraní les estaría ocasionando, cuanto más se estrecha y se niega esa información, la desconfianza es mayor. ¿Será posible que solo sigan siendo nueve los muertos judíos? A pesar de las incontables y estrictamente incontenibles andanadas de Kheibar, Shekan, Haj Qassem o Fattah, a menos que las armas persas rociaran el cielo de la Palestina ocupada con agua de rosas de Ghamsar, Tel-Aviv está mintiendo más que nunca. Mientras tanto, sigue asesinando civiles tanto en Irán como en Líbano.
Por otra parte, la Foca Gangosa, desde Washington o Mar-a-Lago, insiste en que la victoria es absoluta, que Irán está acabado, que fue una excursión y nada más. Que él será quien decida el momento de terminar su operación contra Irán.
Mientras que los rumores acerca de que a la Liga Epstein se les están agotando los interceptores misilísticos, agotados por los nuevos depósitos de escape con que cuentan las armas iraníes, se han visto obligados a retirar de Corea del Sur el sistema de defensa antimisiles THAAD (Terminal High-Altitude Area Defense), el que ya desde el distrito de Seongju, en la provincia surcoreana de Gyeongsang del Norte, ha sido trasladado a la Base Aérea de Osan, en Pyeongtaek, para acondicionarlo y enviarlo a Medio Oriente, lo que ha hecho entrar en pánico al gobierno de Seúl.
No se descarta que pronto Washington tenga que hacer lo mismo con parte del armamento desplegado en Taiwán e incluso el que tiene Ucrania. Por lo que hace imposible entender la razón de esto si la victoria ya ha sido tan monumental e Irán se encuentra destruido. ¿Qué sentido tendría entonces desguarnecer a sus aliados en zonas tan activas para llevar ese material a una guerra que ya está terminada?
Mientras un cúmulo importante de especialistas norteamericanos, muchos de ellos veteranos de Afganistán e Irak, exanalistas de la CIA que se comprometen con su nombre y grado militar en los medios, se retuercen de indignación y así lo expresan frente al “planteo absurdo” de la operación Furia Épica, una acción improvisada, decidida por Benjamín Netanyahu, por lo que a Trump, vaya a saber por qué razón, solo le tocó seguirlo, a pesar de haber sido desaconsejado por sus asesores.
La famosa Furia Épica parece haber apostado todo a una carta: la decapitación del gobierno del ayatolá Alí Jamenei, lo que consiguieron en las primeras horas del ataque del sábado 28 de octubre. Pero nada más: jamás tuvieron en cuenta qué podría pasar si fallaba o si, a pesar de la eliminación, no sucedía lo que finalmente no sucedió.
Lo que la Casablanca parece haber evaluado de manera errónea fue justamente la reacción del pueblo iraní que, al contrario de lo que sus agentes en el territorio calibraron que iba a suceder —millones saldrían a las calles para terminar con los últimos estertores del régimen—, el martirio de Jamenei logró todo lo contrario: el abroquelamiento junto a la Asamblea de Expertos, que rápidamente nombró como su sucesor de Alí a su hijo Motjaba Jamenei, sin esperar la “aprobación de Trump”. Más allá de no ser técnicamente un ayatolá, ha emerge como tal, ungido con un carisma que lo iguala a sus antecesores, nada menos que el ayatolá Jomeini y al de su propio padre.
Considerado un hombre de la línea dura del gobierno iraní, quien además se ha debido sobreponer no solo al ataque devastador que sufre su país y a la muerte de su padre, sino también a la de su propia madre, una hermana y su pequeña sobrina, esta última una pérdida nada menor. Ya que, a diferencia del utilitarismo occidental, en la cultura islámica esas muertes equivalen a la de un hijo propio.
Frente a tanta dignidad, las declaraciones del secretario de Guerra, Pete Hegseth, son cada vez más desacertadas, aunque sí marcan la vara de su nivel ético y la de su gobierno: “El propósito moral de la guerra es una debilidad”.
Hegseth, un cristiano de la secta Homo Commodum Quaerens, está señalado junto al sionista Jared Kushner —por otra parte, yerno de Trump— entre quienes más pesaron en la decisión de lanzar la operación Furia Épica, en connivencia con Netanyahu.
Ormuz: tu dulce nombre
El triunfalismo de la Foca Gangosa no coincide con la decisión “histórica” de la liberación de 400 millones de barriles de las reservas petroleras, lo que se estima puede cubrir las necesidades de una semana, intentando calmar el comienzo —solo el comienzo— de las consecuencias que provoca la decisión de Teherán de cerrar el estrecho de Ormuz, el paso obligado desde el golfo Pérsico al mar Arábigo, por donde pasa poco más del veinte por ciento de la producción mundial de petróleo y algo similar de gas.
Algo que cualquiera hubiera entendido como una jugada inmediata por parte de Irán, lo que el plan de ataque de la Liga Epstein parece no haber considerado, a pesar de que el estrecho, según estudios recientes, está donde se encuentra desde el principio de los tiempos. La soberbia sionista norteamericana, convencida de que, muerto el ayatolá, la Revolución Islámica iba a caer como cayó el gobierno corrupto de Venezuela, no tenía un plan de contingencia si eso no se producía.
Finalmente, ya está hecho: Irán controla Ormuz, por donde solo pasan petroleros con destino a países “amigables”, como China o Bangladesh, que solicitó a Teherán, de manera desemperazada, que les permitan sortear el bloqueo.
Mientras que, para el resto, cualquiera con vínculos directos con los Estados Unidos —lo que incluye a Japón, Corea del Sur y hasta India— seguramente tendrá que darle explicaciones a Irán por su injerencia en el ataque y hundimiento de la fragata iraní IRIS Dena el pasado día cuatro por un submarino estadounidense cerca de Sri Lanka, y cuyas coordenadas de localización las habría pasado al mando norteamericano Nueva Delhi.
La clausura de Ormuz implica que de inmediato Europa, que se abastece fundamentalmente del gas qatarí, posiblemente deberá prosternarse ante Putin, si Trump se lo permite, para abastecer sus necesidades domésticas e industriales.
Es difícil pensar que, a partir de los resultados de esta guerra, no haya sido producto de un dulce sueño del presidente Vladimir Putin o una magistral operación de su Servicio de Inteligencia Exterior (SVR), porque si hay un definitivo ganador de este conflicto, hasta ahora es Rusia. Ya que la suba del petróleo y el gas, que solo recién están comenzando, le ha permitido empezar a equilibrar las cuentas trastocadas por los gastos de la Operación Especial contra la OTAN en Ucrania.
Mientras los emiratos del golfo, que prácticamente han sucumbido por el peso de los lanzamientos de la Operación Promesa Verdadera 4, han corrido hacia Moscú en procura de una asistencia y una intervención con el gobierno del ayatollah Motjaba Jamenei, pidiendo clemencia tras la huida de los Estados Unidos de la región.
Mientras que el propio Trump, luego de fallar en dos oportunidades con su intención de un alto el fuego —una vez el pedido fue directamente rechazado por Irán; después volvió a fracasar tras la gestión de Italia-Omán—, ahora se conoce que Trump ha llamado a Putin. Si bien los términos de la conversación no se conocen, analistas cercanos al Kremlin apuntan que Washington busca la intervención diplomática de Rusia en el conflicto, que evidentemente va a cambiar el mapa del mundo y no exactamente como era el deseo de esta Armada Brancaleone en que se convirtió la alianza sionista-norteamericana.
*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.
*Por Guadi Calvo 