Pensamiento Nacional

Cuando los muertos sueñan con los vivos

*Por Por Rafael Bautista Segales

La historia es nuestra y la hacen los pueblos
Salvador Allende

El 11 de septiembre de 1973, se inició una nueva cacería señalizada contra toda esperanza de un mundo más digno y justo, contra todo aquello que fuera capaz de despertar el espíritu utópico de los pueblos. Lo que se llamó la “década perdida”, representó algo más, en el largo tiempo, que su sola duración cronológica.

Se dice que, si no hay esperanzas sólo queda la resignación; pero ésta no permanece pasiva sino, por la propia pulsión emocional, necesita activarse. Pero la activación no siempre es positiva, depende siempre de aquello que le nutre (la resignación puede hacerse impotencia y ésta, desesperación). La implantación del neoliberalismo no fue sólo económica, constituyó un completo reseteo en la subjetividad de los pueblos. La potencia de ser pueblo debía de apagarse y los pueblos debían de amaestrarse para legitimar los cambios que iban a configurar un mundo sin alternativas.

Un mundo sin alternativas es lo que el globalismo neoliberal impone en los términos de “mundo unipolar”; único mundo posible para el tipo de dominación exponencial que expresa al imperialismo. Redefinir al mundo en esos términos implica corromper la esencia misma de la política; pues sin espíritu utópico, la política deja de tener sentido revolucionario y a lo máximo que puede aspirar es al reformismo, y esto contribuye muy bien a la naturalización del carácter conservador en las propias apuestas políticas.

Desde entonces, la política está entrampada en un laberinto sin salida. Para el neoliberalismo eso no constituye problema, ya que su lógica suicida le hace siempre mantener una lucidez macabra: cuando no hay salida, el encierro es la única opción. Por ello, el encierro es, hoy por hoy, lo único válido en todos los aspectos, desde el ideológico hasta el existencial. La incapacidad de apertura es interpretada como autodefensa, en un mundo sumido en el miedo, como política de sobrevivencia.

En tales condiciones podemos reafirmar la definición de ego que hemos propuesto, para evitar su confusión con el yo. El ego es el sistema de autodefensa que poseemos y que se activa, de modo maniqueo, cuando se experimenta el mundo como pura hostilidad. El ego auto-centrado en sí mismo, no es una característica natural de la subjetividad humana sino producto de una racionalidad que legitima la rivalidad como eficiencia social. La competencia ya no es un fenómeno meramente procedimental sino, desde la biología evolucionista hasta la ingeniería social, desde las teorías eugenésicas hasta el neomalthusianismo actual, expresa el tipo de clasificación que se impone como medida económica, política y social, para decidir quiénes viven y quiénes no.

El hipotético argumento de la sobrevivencia del más apto o fuerte no es, en ese sentido, lo que nos prescribe como especie sino lo que, un tipo específico de mundo (en este caso, el moderno), determina como administración antropológica de sus propias necesidades sistémicas. En estas necesidades, el ego se auto-comprende como un sobreviviente en toda la maquinaria de reproducción social del sistema económico; se hace individuo, es decir, un ente que debe empoderarse para sobrevivir, un ente desprendido de toda pertenencia y comunidad de vida que, para colmo, interpreta ese desprendimiento como “emancipación”. El individuo moderno constituido en ego-céntrico, es libre no por una experiencia de liberación sino por haberse desprendido de todo compromiso vinculante con los otros (todo es un contrato implícito, cuya ecuación es el reflejo de un cálculo puramente individual).

El individuo auto-centrado en sí mismo, se priva de toda posibilidad de trascendencia temporal y existencial y en ello se le va toda posibilidad de imaginar siquiera otra realidad que no sea la que vive como ajenidad, es decir, como una objetividad impersonal que sucede a pesar suyo. Eso le condena a recluirse en el presente instantáneo, sin poder vivir ningún tipo de experiencia que le haga superar la perpetuidad dramática del tiempo cronológico.

Sin referencias utópicas, la existencia se reduce a la inercia de su duración indolente; el presente se queda atrapado en la ausencia de direccionalidad histórica, es decir, de capacidad de apertura. La política degenera en el puro cálculo de acumulación de poder y, como sucede con la subjetividad moderno-neoliberal, devalúa su realismo a la pura administración interesada de lo que hay.

Pero la política no define sus capacidades de direccionalidad histórica sólo por lo que hay sino desde lo que no hay; es decir, el realismo no puede reducirse a lo dado sino debe pensar lo posible. Sólo desde ese ámbito es que la realidad se abre, y manifiesta una objetividad latente que acontece en el sujeto como consciencia anticipatoria. En ese sentido, la política no se decide sólo en el presente sino en todos los ámbitos que comprenden la temporalidad humana.

Por ello, el concepto de acumulación histórica no señala una densidad aritmética; más bien, constituye la llave de ingreso a un tipo de percepción de la temporalidad humana que desdice la idea de tiempo lineal. La vivencia temporal que decide el modo cómo un sujeto se pone ante su propia realidad y el modo cómo se auto-comprende en ese ponerse, no puede estimular sus capacidades existenciales en un presente deprivado de horizontes de direccionalidad histórica. Es más bien, este modo del existir, que le eleva de su propio presente y le abre a todas las dimensiones que le dan sentido al presente que siempre le toca vivir.

Que el presente posea potencia utópica es posible porque contiene algo que la idea lineal del tiempo no puede resolver: las vivencias no se cancelan en el devenir del tiempo como simple recuerdo. Es su propia pasión por existir que les abre a otras dimensiones que siguen siendo potenciales, porque siguen siendo posibles de vivencia en el presente.

En ese sentido, los porvenires no cumplidos o los futuros no logrados del pasado, no se cancelan, sino permanecen como memoria que se niega a desaparecer, porque continúan existiendo mientras la memoria los trae al presente; la imaginación los trae al ahora como sustancia nutricia de lo que el presente mismo se propone cuando es capaz de trascender su reducción en tanto mero instante.

La duración del presente ya no es producto de la inercia cronológica sino ruptura del instante, además de apertura y direccionalidad que le otorga al presente su condición de proyectante. El futuro es aquello que como proyección establece el presente como recorte temporal de su propio avanzar. Pero ese avanzar, como recorte temporal, no grafica el movimiento completo pues, por lo finito de la percepción, no advierte que en el universo todo se curva y, si toda proyección se curva, también el tiempo; y esto significa que toda curva se proyecta hacia su punto de origen. Ese sería el movimiento completo, el retornar al punto de origen (por eso no se trata de volver hacia atrás sino retornar a lo que, también, posee un movimiento propio).

Por eso el tiempo es una vivencia y la vivencia siempre un sujeto. Es en esta vivencia que adquiere otra perspectiva como percepción trascendental de ese ponerse y situarse ante la realidad; que ya no aparece como algo ajeno sino como correspondiente en esta apertura, porque la realidad se abre en todas sus posibilidades que le brinda ahora la potencia despierta del sujeto (que potencia también a su propia realidad).

El pasado nunca se cancela, incluso mientras es refugio de los muertos, pues siendo habitado por la presencia humana, laten en sus páramos aquello que proyectaban como posibilidades existenciales. Es en esos ámbitos donde los muertos se sitúan para vivir lo que llenaba de sentido su mundo, y eso les hace despertar y proyectar un lugar para estar con los vivos; ese lugar es el sueño donde sueñan con los vivos. Es en ese tiempo que se van acumulando las densidades utópicas que el presente halla cuando la petición de sentido que reclama, necesaria para romper los diques de un presente cancelado en sí mismo, le hace girar sobre su dramática inercia hacia adelante, y se vuelve hacia el pasado que necesita para despertar esa potencia que sólo su pasado le puede otorgar.

En el sueño que los muertos sueñan con los vivos, el pasado ya no es pasado sino ámbito de aperturas que se le presentan a los vivos como densidad utópica que les produce la experiencia del retorno. Los vivos sólo pueden ingresar en esa dimensión desde los sueños soñados despierto, que son los sueños donde la profecía hace carne como consciencia anticipatoria. Ese “desayunar juntos al borde de una mañana eterna” de Cesar Vallejo, es el encuentro eterno que llena de sentido la existencia finita. Es la pasión misma de la vida que se propone vivir para siempre; no infinitamente, sino en la eternidad de la promesa que funda la pareja, la maternidad y la paternidad, el compromiso fraterno; es decir, la erótica, la pedagógica y la política.

Por eso la lucha revolucionaria no es una lucha particular sino universal. La redención es de todos los tiempos o no lo es. Un pueblo que alcanza semejante grado de autoconsciencia es el que encarna el espíritu de la vida, de todos los tiempos y de todas las generaciones.

Ese “desayunar juntos” no es sólo juntos con los vivos sino con los muertos. Esa esperanza es lo que relativiza la muerte, porque de ese modo se comprende que partir es en realidad un volver, un retornar; por eso nos entierran, para volver a la tierra, al vientre de la vida, a la Madre. Por eso la muerte no es muerte sino el cómo la vida se trasciende a sí misma.

Lo contrario a la vida no es entonces la muerte sino la indiferencia. La verdadera muerte la vivimos en vida, cuando padecemos un mundo injusto, indigno e inhumano y, para sobrevivir, nos sometemos a sobrevivir a costa de otro. La indiferencia es el sinónimo de una producción que es producción de muerte, donde produciendo lo efímero, no sólo el consumidor sino el productor mismo se hace efímero; porque produciendo se produce el productor y, de ese modo, produce también la vida que vive. La vida misma se hace efímera. Es el vaciamiento de la espiritualidad que lo produce un espíritu fetichista que pretende suplantar la vida por la muerte.

Ahora, no todos los muertos acceden al nivel de ancestro. Ser ancestro tiene que ver con la pasión mesiánica de atravesar la muerte cargado de vida. El verdadero mesianismo revolucionario (del que ahora se habla mucho en filosofía política) lo expresó tempranamente Tupak Katari cuando, a la hora de la muerte, su implacable lucidez expresó: “volveré y seré millones”, o sea, volveré siendo pueblo. Porque si hay un Mesías, éste es el profeta que anuncia, no el arrepentimiento sino la reconexión, el retorno, y nos señala el método crítico: ser y hacerse pueblo; porque a los pobres, excluidos y despreciados del mundo, les ha sido revelado el “reino de los cielos”.

Esa es la potencia utópica que sólo un pueblo en tanto que pueblo, es decir, constituido en consciencia anticipatoria, puede definirle como “pueblo escogido” (los falsos profetas son los que siempre pretenden anular en el pueblo esas capacidades mesiánicas). Por eso, el llamado retorno del Mesías, sólo puede acontecer, retornando como pueblo hecho Mesías.

No se es libre de modo inmediato y la liberación es todo un proceso que comprende salir del mundo y que el mundo salga de uno. Salir de la esclavitud no es todavía liberarse, la liberación no es todavía la redención, y la redención es lo que precede al consagrarse a ser un uywiri, un criador de la vida o, lo que imaginó el Che: el “hombre nuevo”. Por eso se es pueblo en la trascendencia misma de apertura existencial, es decir, histórica, cuando el pueblo se hace comunidad, cuando esa comunidad la constituyen los vivos y los muertos y cuando el pueblo, en tanto que pueblo, es el que redime a los ancestros, para que ellos lo rediman a él. Esa es la dialéctica de la revolución, en términos de redención final.

En esos términos, el método que la dialéctica nos despliega, ahora debe abrirse al tipo de determinaciones determinadas y determinantes que establecen ahora los tiempos, cuyo lugar de co-determinación trascendental son los sueños soñados despierto o la potencia utópica que late en el corazón mismo de las revoluciones en tiempo real.

Los ancestros viven en los sueños que sueñan con los vivos. Esos sueños dejan de ser simples sueños y se convierten en referencia epistemológica de reconexión del presente con la antigüedad más sagrada, es decir, más antigua; donde se encuentran todas las luchas y la lucha presente recibe la fuerza y el poder que necesita para que toda nuestra historia ahora se exprese como lo más patente de la lucha revolucionaria.

Redimirse aquí significa que, el presente, toma a cargo lo que de pendiente se arrastra como peso histórico. La redención es entonces el encuentro libre y deseado de todos los involucrados en otro destino (ahora utópico) que ya no sea el impuesto. En ese sentido, nuestra verdadera liberación depende de la liberación de nuestros ancestros, de nuestras wakas y ajayus. El espíritu moderno los tiene de rehenes, para que aparezcamos huérfanos y nuestra lucha proscrita a la orfandad de saberse impotente de la suerte de todos nuestros muertos.

De ese modo, situarse en la ancestralidad es saber producir la relación con los ancestros, traerlos a la vida, “para desayunar juntos, al borde de una mañana eterna”; es saber producir la reconexión con ellos. En esa relación nos vinculamos con la más sagrada antigüedad, de modo que la redención nos devuelve al inicio mismo de toda la creación, como experiencia trascendental que nutre definitivamente al espíritu popular como espíritu revolucionario.

Esa nutrición que, en lenguaje cuántico, aparece como energético es, en realidad, autoconsciencia intersubjetiva o masa crítica con capacidad de transformación creadora. Por eso puede, esta autoconsciencia, despertar a los muertos, convocarles en la lucha presente. De ese modo vuelven a la vida todos los muertos. Es cuando los tiempos se reconocen, se desean y hacen nacer la fiesta de la vida.

Se vuelca el mundo, todo vuelve a su conexión original, que es la apertura a la eternidad. Esa vivencia es la que nos redime y nos vuelve en criadores de la vida toda. Ese es el pachakuti, el Mesías hecho pueblo.

 

 

*Pensador y escritor boliviano, autor del Tablero del Siglo XXI y del Mito del Desarrollo al Horizonte del “Vivir Bien”.

 

 

25/9/2023

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