Yemen: hacía una reedición de Kerbala

*Por Guadi Calvo 

 

A semanas de haberse iniciado la ofensiva houthi en el oeste de Yemen, los socios de Riad, del Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, Pakistán y Turquía, siguen dudando en honrar lo pactado el pasado siete de agosto. La ofensiva de la milicia Ansarullah (Seguidores de Allah), como también se conoce a los rebeldes yemeníes, les permitió la conquista de la ribera oriental del mar Rojo, sus principales puertos y las islas al norte de Bab al-Mandeb (Mayyun y Hanish), operación que no solo les permite regular a su antojo el flujo de embarcaciones por el estrecho que comunica el mar Rojo con el golfo de Adén.

Lo que les ha permitido aproximarse al sur saudita, donde se ubican los principales yacimientos del reino. Los rebeldes han atacado en varias oportunidades el Aeropuerto Internacional Rey Khalid de la capital, Riad, donde, según fuentes locales, durante las últimas noches habían sonado de manera constante las alarmas. Además, los hutíes hicieron blanco en el aeropuerto de Abha, próximo a la frontera yemení, y contra la siempre sensible y fundamental infraestructura petrolera, incluidas refinerías como las de Rabigh, Riad y Yanbu, esenciales para la producción de diésel, gasolina y combustible para aviones. También son amenazados los puertos saudíes sobre el mar Rojo, por lo que sus valores del petróleo continúan en alza.

Por lo que Washington ha comenzado a mover sus peones en la región para salvar las barbas de los Saud y evitar que Bab al-Mandeb definitivamente se convierta en un arma tan letal como Ormuz y que el cierre coordinado de ambos estrechos arrase la economía del mundo, antes de que la crisis generada por él mismo el 28 de febrero con Irán le incendie las urnas el próximo tres de noviembre, cuando deba enfrentarse a las elecciones de medio término, con un galón de nafta a más de seis dólares, cuando todos saben que la paciencia de los norteamericanos entra en crisis cuando el galón pasa los 4.30. «Es la economía, estúpido», dijo alguien alguna vez. De ahí la urgencia de cerrar con el presidente Putin los acuerdos para que lo abastezca de diésel de manera urgente. Acuerdo que sin duda pagará Ucrania para evitar que el resultado de las intermedias, que hasta ahora no pintan nada favorable para el entintado carmesí, lo deposite a la sombra de un impeachment que termine por decapitarlo. Un perfecto ejercicio de realpolitik, para que aprendan los Zelenskis de la vida.

Mientras se espera que al fin Islamabad envíe tropas a Yemen, Riad y Washington se han puesto a pasar la gorra, y el primero en responder ha sido el último gran bendecido del Departamento de Estado, el antiguo emir de Hayat Tahrir al Sham (HTS, Organización para la Liberación del Levante), Abu Mohamed al-Golani, ahora Ahmed al-Shaara, presidente de Siria desde diciembre de 2024.

Se ha dado a conocer que Arabia Saudita solicitó a Damasco que los mismos milicianos que, durante más de una década, Riad, junto a Abu Dabi y Doha, financió, participen de la guerra contra el presidente Bashar al-Assad, finalmente derrocado en diciembre de 2024. Desde su llegada al poder, el régimen takfirista-sionista instalado en Damasco solo se ha dedicado a exterminar a la posible oposición (alauitas, chiíes, suníes moderados, drusos y otras minorías), mientras nada ha hecho, ni en la práctica ni en la teoría, por el reclamo de los territorios usurpados por los sionistas en el Golán en 1974 ni por los sectores contiguos capturados por militares y colonos judíos a partir de la anarquía en que entró Siria durante los últimos días del gobierno del presidente al-Bashar.

Aprovechando la docilidad de los otrora temibles muyahidines de Hayat Tahrir al Sham, capaces hasta hace algún tiempo de abrir en canal a sus enemigos para arrancarles el corazón y masticarlos ante las cámaras, ahora están dispuestos a marchar a Yemen para repetir aquellas hazañas por los dólares que les permitan sortear la severa crisis económica en la que está envuelto al-Shaara. Fue en este contexto que el presidente sirio realizó una visita oficial al reino saudita el pasado martes seis, donde se entrevistó con el príncipe heredero, Mohammed bin Salman, y otros altos funcionarios de la corona, que le solicitaron formalmente el envío de sus combatientes a Yemen para fortalecer las tropas del gobierno prooccidental del Consejo Presidencial de Liderazgo (CPL), con sede en Adén.

Al tiempo que, en una declaración conjunta, Riad y Damasco informaron que el presidente estadounidense Donald Trump está de acuerdo con la medida. Sin duda, para Washington esta decisión puede ser el inicio no solo para poner fin a la escalada bélica que envuelve al sur de la península arábiga como a una cebolla de múltiples guerras. Desde la guerra civil de 2012, coletazo de la Primavera Árabe, siguió, en 2015, la guerra lanzada por Riad y Abu Dabi contra los sectores chiitas proiraníes encabezados por los hutíes, escenario que, con sus más y sus menos, continuó hasta hoy.

En las conversaciones entre MbS y al-Shaara participaron también funcionarios norteamericanos para organizar un despliegue ordenado de las fuerzas sirias, evitando que el conflicto exceda el plano militar y se convierta en una guerra sectaria entre los chiitas de Ansarullah y los sunitas de Hayat Tahrir al Sham, lo que, de alguna manera, reeditaría la batalla que se libró en el año 680, en cercanías de la ciudad de Kerbala, al sur de Irak, entre los seguidores del nieto del profeta, Huseín ibn Alí, y los ejércitos del califato omeya, dando lugar histórico a un cisma que separaría al islam.

El acuerdo Damasco-Riad-Washington se estima en cerca de 20.000 muyahidines, entre los que se cuentan miles de combatientes extranjeros que llegaron a Siria durante la guerra (2011-2024), que ahora forman la 84.ª División, con base en Suwayda, en el sur sirio.

Niebla y negociaciones sin rumbo

Mientras el fantasma de noviembre se aproxima, los estadounidenses buscan presionar a Irán para alcanzar un acuerdo más o menos honorable que permita terminar la guerra y disimular la derrota, al tiempo que la frenética actividad bélica en Yemen y el sur del reino saudita pone al rojo vivo los negocios energéticos. En este contexto, en la embajada norteamericana de Mascate (Omán), funcionarios del Departamento de Estado se reunieron el mes pasado con representantes hutíes, en un intento por evitar que los rebeldes lleven la escalada hasta un punto que los obligue a intervenir.

Por ahora, Washington, sin oír los llamados desesperados del príncipe heredero, que reclama una intervención activa desde el reinicio de la escalada hace ya más de un mes, asiste bajo cuerda con inteligencia y proporciona las coordenadas de los movimientos rebeldes, mientras la Fuerza Aérea norteamericana reabastece de combustible a los aviones del reino, que, una vez más, estarían siendo piloteados por agentes sionistas.

Aunque, para salir de esta situación, Washington tendrá que presionar a Riad para que acepte las demandas hutíes, que incluyen el levantamiento del bloqueo marítimo y el fin de la intervención constante en las cuestiones internas yemeníes. En lo que hasta ahora solo parece una maniobra para ablandar la estrategia de los hutíes en esta nueva faceta de la guerra, el primer ministro paquistaní, Shahbaz Sharif, afirmó en un comunicado del pasado viernes nueve que su país está dispuesto a honrar el Acuerdo de La Meca y luchará codo a codo con sus socios árabes.

Por su parte, el gobierno yemení reconocido por Occidente, con sede en Adén, anunció que sus tropas, algunas brigadas compuestas fundamentalmente por mercenarios, habrían tomado las islas frente a Bab al-Mandeb, incluida la ciudad portuaria de Mokha, el aeropuerto de Dhubab y el campamento militar de al-Omari. También informó que los rebeldes habrían sido expulsados de zonas cercanas a la ciudad de Taiz, en el suroeste del país, que en los primeros días de septiembre había sido cercada por los rebeldes y donde los combates cuerpo a cuerpo se habrían intensificado.

Mientras tanto, el gobierno prooccidental del Consejo Presidencial de Liderazgo anunció que había realizado más de mil ataques contra posiciones rebeldes, incluida una ofensiva contra Saná, mientras un centenar de aviones de la coalición liderada por Arabia Saudita llevaban a cabo operaciones contra blancos hutíes. Según esos informes, habían destruido depósitos de armas, explosivos y minas navales. Todas estas informaciones no pudieron ser constatadas, ya que el reino mantiene una estricta censura informativa que incluye la prohibición a los civiles de fotografiar y difundir imágenes de los daños provocados por los rebeldes. Se espera para las próximas horas la llegada de los terroristas wahabitas desde Siria para reeditar Kerbala.

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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