Vientos de no-comunidad: ¿evitaremos las tempestades?

*Por Mario Gambacorta 

 

«Os ruego que aprendáis a distinguir los que trabajan por vuestro bien, de los que meditan vuestra ruina: no os expongáis a que los hombres de bien os abandonen al consejo de los ambiciosos». (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Proclama a las Provincias del Río de la Plata, Valparaíso, 22 de julio de 1820, t. X, p. 390).

 

En este trabajo hemos decidido incorporar, al principio de cada tramo, una frase del General don José de San Martín. Por ser auténticas y coherentes referencias, en términos históricos y morales, ante las problemáticas de nuestra Patria.[1]

Sostenemos que todavía puede seguir enseñándonos, inspirándonos y marcándonos el rumbo en momentos difíciles como los que atravesamos, tanto en los ámbitos personales, como en el comunitario, en el anhelo de un proyecto de Nación independiente, justa y soberana.

 

1 Habitamos una “no-comunidad”

 

“El mejor gobierno, no es el más liberal en sus principios sino aquel que hace la felicidad de los que obedecen empleando los medios adecuados a este fin». (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Grand Bourg, 26 de septiembre de 1846, t. IX, p. 399).

El vaciamiento de alternativas en el tiempo ha generado un cambio en las subjetividades que, torna en la práctica casi imposible, cualquier respuesta colectiva. La profundización de este proceso en el actual gobierno es un tormento social con diversos orígenes. La fragmentación de los colectivos laborales y la consolidación de una hegemonía deslaboralizadora, con una heterogeneidad excluyente que, paradójicamente, supuso incluir -en marcos de precariedad-; han llevado a que ésta última sea la regla, no solo en el trabajo informal sino también avanzando sobre el formal, en la búsqueda de su dilución definitiva en términos tutelares.

La ausencia de resultados, que se verifican con las falacias reformistas laborales, demuestra que el problema no son las normas laborales sino las políticas instrumentalizadas en el gobierno de Milei. El cierre de más de 25.000 pymes también lo confirma. Advertimos que no estamos viviendo una comunidad; habitamos una “no-comunidad”. Una no-comunidad: caracterizable así en función de la exclusión, odio, polarización, y por el vacío material y espiritual que conlleva, potencia y convalida.

Una “no-comunidad” antihumanista y anticristiana en sus principios. Recordemos, en el marco de Las 20 Verdades Peronistas, que: El Justicialismo es una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista. También por ello, estamos ante una no-comunidad antiperonista. Una “no-comunidad” que, aquel otrora radicalismo revolucionario de 1890, probablemente, hubiera calificado también como un “régimen falaz y descreído”.

Una “no-comunidad” en la cual, dicho anticristianismo lo percibimos, particularmente, anticatólico. En tal sentido, destaca el descreimiento, rechazo y hostilidad hacia la justicia social. Concepto y principio este, junto a otros, que no solo no suscribe sino más bien ataca el libertarismo y que, precisamente, provienen de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). La misma justicia social que es formalizada como tal, para la Doctrina Social de la Iglesia, en la encíclica Magnifica Humanitas. Institucionalmente, así la define el Papa León XIV.

La meta de esta “no-comunidad” es erradicar la justicia social; porque es el anclaje moral, filosófico y jurídico que la deslegitima en su atrocidad. Una “no-comunidad” en la que no queden casi mecanismos de inclusión y menos de integración. En la que no se permita un desarrollo humano integral. Un humanismo integral como aquel por el que bregaba Jacques Maritain. Un humanismo con organización, redistribución y pensamiento moral crítico.

Una “no-comunidad” signada, en palabras del Papa Francisco, por el descarte de seres humanos. Descarte como lógica permanente de crueldad, el cual se sigue acrecentando, sin todavía punto de quiebre. Una “no-comunidad” promovida por los que alaban al “algoritmo” y la tecnocracia en función del tecnofeudalismo que quieren alcanzar. En donde soplan vientos de transhumanismo y posthumanismo. En la que se instrumentaliza una estudiada ingeniería de la confrontación que limita el análisis, la reflexión y el pensamiento estratégico.

Desde el servilismo de la colonialidad en el ejercicio del poder público, se deshumaniza en función de magnates tecnológicos, alineándose con Estados con los que se vinculan y que los auspician.

Se deja de lado un proyecto de Nación. Se lo pretende sustituir por uno de “libre mercado”, en el que se contradiga y cuestione explícitamente la democracia participativa y la soberanía popular.  Un libre mercado que degenera, mientras busca institucionalizar los abusos históricos contra las mayorías; que quiere “libertad sin democracia”.

Así las cosas, la maldad se desata y potencia ante la ausencia de organización popular, de proyecto político nacional y de conducción estratégica. Maldad que se regodea cuando debilita la construcción orgánica de comunidad, cuando fragmenta la sociedad, para frenar un desarrollo humano integral en sus múltiples y complementarios aspectos vinculados al bienestar general.

2 Liderazgo, doctrina y estrategia: urgencias ante el deterioro generalizado

 

Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, París, 1 de febrero de 1833, t. VI, p. 571).

Es dable apreciar que una mayoría de la militancia del campo nacional y popular, detecta la urgencia de las necesidades del presente; las carencias en liderazgo, doctrina y estrategia. Por otra parte, parecería que muchos de los que tendrían que encausar, conducir y revertir este proceso, no lo hacen o no lo quieren hacer. O lo hacen módicamente y en aspectos formales, como continuidad limitada y precavida en alternativas.

Así las cosas, las fuerzas políticas no priorizan la construcción de liderazgo; menos aún, de un proyecto al que puedan sumarse organizaciones sindicales, y otros actores sociales y económicos. No terminan de definir ni de proponer estrategias para una participación en la acción y una acción en la participación.

Mientras tanto, las organizaciones sindicales padecen un debilitamiento progresivo. Producto, tanto de factores internos como externos. El vacío interno dejado por la muerte de Perón, como pérdida de un liderazgo unificador; sumado a la ofensiva externa, flexibilizadora en un sentido desprotectorio (consolidada a través de una cada vez más normalizada hegemonía deslaboralizadora como proyección de la globalización económica neoliberal); han afectado tanto la vigencia de las doctrinas nacionales y populares aglutinantes, como sus bases de representación.

A la vez, las opciones que priorizaron a los movimientos sociales hoy se dividen o tornan imperceptibles. Subsisten concepciones que, a menudo son antagónicas (por desilusión, a menudo comprensible; u otras razones) al horizonte del pleno empleo y la industrialización. Asimismo, un condicionado accionar de supervivencia suele limitarlos en las potencialidades de articulación.

Las expresiones de protesta social han prácticamente desaparecido en cuanto a peso específico, las huelgas generales no concitan plena adhesión. Tanto por el debilitamiento de las organizaciones, como por la falta de compromiso de muchos que, paradójicamente las reclaman, pidiendo medidas de fuerza, a las que luego no adhieren; sea por temor, o por priorizar y defender, recortadamente, sus intereses individuales.

Las movilizaciones universitarias tampoco reflejaron un impacto contundente con relación a los incumplimientos configurados por el Poder Ejecutivo nacional. Tampoco han dirigido ni visibilizado sus reclamos con energía hacia la Corte Suprema de Justicia de la Nación, para que actuara y lo hiciera con celeridad, como probablemente podría darse, ante otras situaciones y con otros actores.

Asimétricamente, el movimiento sindical ha movilizado para acompañar al movimiento universitario en sus reclamos; aunque, en general, aquel no ha acompañado al movimiento sindical en los suyos. Sería menester entonces, trabajar sobre convergencias de acciones y proyectos, ante esta y otras situaciones similares. Se viene consolidando un deterioro de lo nacional que, peligrosamente se acerca a la inercia. Se verifican, en el mejor de los casos, movimientos tácticos sin ordenamiento estratégico. Y dichos movimientos tácticos -generalmente aislados- no alcanzan para que se puedan dar configuraciones en vista de este.

Todo lo anterior se ve reflejado en que: las acciones tradicionales no se dan, no se pueden dar; o si se instrumentan, no generan suficiente y efectivo impacto. Menos aún, resultados transformadores. En síntesis, no se verifican, articulan, validan, ni autovalidan. Por lo tanto, no logran resultados eficaces en términos tradicionales ni novedosos.

La falta de: a) una conducción concentrada para la resistencia ante el actual régimen, b) una doctrina unificadora para la convicción en la acción, y c) una articulación estratégica hacia objetivos tangibles -como partes de un proyecto integrador-; constituyen una “triada desmovilizadora y desalentadora”. Ineficaz al momento de impulsar transformaciones, por las desilusiones que se acrecientan, y por no lograr resultados que mejoren la calidad de vida material y espiritual de nuestro pueblo.

3 Hay una desconfiguración de procesos e instituciones con una reforma constitucional de hecho -hasta ahora casi sin alternativas-

 

Estoy convencido que cuando los hombres no quieren obedecer la ley, no hay otro arbitrio que el de la fuerza (Archivo General de la Nación, Leg. cit. Carta a Guido, 17 de diciembre de 1835).

La desconfiguración de los procesos y las instituciones, junto con una cuestionable reforma constitucional de hecho, constituyen una serie de procederes, que nos golpean. Desembocan en nuestra realidad y la desbordan en una transformación vacía, solo en favor de unos pocos conjuntos económicos.

Nos agotan en la capacidad de respuestas, también por exceder el sistema constitucional democrático. Se valen, especial y prioritariamente, de los ámbitos represivos (aislándolos del contexto y tergiversando funciones) para neutralizar cualquier respuesta. Generan temor e inmovilismo. Construyen la incertidumbre. Hacen que la democracia sea cada vez menos participativa.

Así las cosas, se desvirtúa cada vez más la legalidad y la legitimidad. La Constitución Nacional se soslaya en los hechos. Se avanza en los objetivos del régimen configurado a como dé lugar. Siempre y excluyentemente, en beneficio del individualismo, el darwinismo social, el libre mercado salvaje, y sus principales dueños y beneficiarios.

Pareciera asumirse, por muchos de quienes tienen una responsabilidad mayor de oponerse a esto, que no existe razón suficiente para cuestionar un proceso de quiebre de estructuras que, categorizamos como una revolución liberal-libertaria. En ella, entendemos se verifica el agotamiento de una democracia reconfigurada como mercantil. Una democracia acotada a una concepción absolutista de la propiedad, sin posibilidades de participación y, menos aún, de derechos sociales. Está siendo agotada; sea por acción, reacción o inacción.

Bajo una inespecífica categorización de populismo, en la práctica se ha logrado una desmovilización de actores sociales, políticos y económicos. Surgen por doquier caracteres oligárquicos, excluyentes, de colonialidad, descarte y discriminación.

En esta situación, con anomia e inconciencia inconducente, se habrá de comenzar a evaluar, pensar, rescatar y/o rediseñar otros mecanismos de acción (tradicionales como no tradicionales). Porque a esta revolución liberal-libertaria hay que oponerle una revolución democrática participativa con justicia social: donde el lugar asumido por el individuo egoísta, ceda ante el bien de la persona humana reconocida en su dignidad; donde se supere el aislamiento y la soledad mediante una organización comunitaria integrada.

La democracia se verá fortalecida si es comunitariamente organizada, integrada e integradora. Solo así podrá avanzar para revertir su tergiversación y manipulación. Paradójicamente, por quienes no creen en ella, pero se valen de ella para consolidar un esquema tecnocrático, tecnofeudal, transhumanista y posthumanista. Es decir, un escenario de individualismo egoísta y salvaje, con estructuras que van contra la persona humana, contra su dignidad como tal.

Por eso, reivindicamos que somos personalistas (humanistas y cristianos), no individualistas (liberales y libertarios). Propugnamos una revolución democrática participativa con justicia social, personalista y comunitaria (al decir de Emmanuel Mounier). Postulamos otros mecanismos y otras respuestas. Para quebrar los límites actuales, desde una “si” comunidad. Para ello, rescatamos la categoría de fraternidad. Sin esta, la libertad y la igualdad solo son antagónicas, excluyentes en sí y para sí. Queremos una libertad e igualdad no economicistas, sino convergentes en la dignidad de la persona y en su desarrollo humano integral.

Rescatemos y actualicemos conceptos y métodos desatendidos; otrora parte de gloriosos procesos históricos. Que se repitan como espejo de lo que se retrotrae para proyectarse al futuro, ante  los términos hostiles de las situaciones y condiciones que los provocaron. Para recuperar lo perdido, y más aún, superar lo recuperado en vista de una progresiva dignidad.

Sin embargo, no desconocemos que el conflicto siempre está presente, latente y regenerándose. Siempre puede abrirse. Que no se quiera o no se pueda mencionarlo no elimina esto. El conflicto, más tarde o más temprano, suele verse encausado, intitucionalizado o potenciado. Debería serlo en torno a objetivos transformadores, inmediatos y mediatos, para una revolución democrática participativa con justicia social; en el marco de un proyecto alternativo, superador e integrador; para el bien de la Nación que no puede ser otra cosa que el bien humano (bienestar general) para el pueblo.

El resultado, inexorablemente, será consecuencia de nosotros mismos, según actuemos o no ante los elementos que convergen en esta revolución liberal-libertaria. Y debemos hacerlo con liderazgo, doctrina y estrategia.

 

4 Pasar a una ofensiva nacional democrática para construir comunidad.

 

No perdonaré sacrificio que conduzca al restablecimiento de nuestras pasadas desgracias, siguiendo constantemente las huellas de dignidad y de prudencia que ha dejado estampadas en su marcha gloriosa el pueblo, cuyos solemnes votos me han constituido.  (Documentos del Archivo del General San Martín, Buenos Aires, 1910, Mendoza, 20 de mayo de 1815, t. II, p. 417).

Para revertir una continuidad regresiva en desmedro de derechos, calidad de vida y, consecuentemente, justicia social; ante el carácter prioritariamente defensivo que ha asumido en los últimos años el movimiento nacional; debe construirse, sistémica y sistemáticamente, una ofensiva nacional y democrática. Ella, en clave de una mejor y mayor participación e integración; la cual, probablemente se requiera, sea de la periferia al centro, al decir de nuestro Papa Francisco.

El primer paso (al presente inmediato), tendría que ser una lucha de posiciones. Implica sostener primero las posiciones nacionales y populares que resisten; como bastiones de construcción, reconstrucción alternativa y expansión. Se trata de debatir, consensuar e impulsar una nueva concepción de lucha que, aunque estemos en un momento de ”des” o reorganización grupal diversa y dispersa; cuestione, afecte y debilite, todo lo que se orienta a una naturalización, por parte de la sociedad, del régimen conservador liberal libertario (visibilizándolo, confrontándolo, evidenciándolo, ridiculizándolo hasta la propia sustancia en que se configura; pero trabajando simultáneamente en la presentación de alternativas).

Se trata de poner a la luz y desafiar, con todos los recursos a nuestro alcance, la malicia de las bases y fundamentos del régimen conservador liberal libertario, y sus acólitos. En esta inteligencia, el arte, como expresión política y cultural, tiene mucho que aportar. Para la lucha, ante la batalla cultural, en vista de la formulación y desenmascaramiento de la problemática actual. Impulsando las alternativas que se construyan.

El segundo paso, a partir de acciones comunes -aunque todavía resten fragmentadas- será marchar hacia una suerte de convergencia confederal organizativa; en la que se impulse a definir -o redefinir-, conducción estratégica para un actuar colectivo generalizado y articulado (ya no más esporádico, espasmódico y descoordinado).

El tercer paso, implicará esgrimir, clarificar y difundir las transformaciones inmediatas que se plantean y proyectan; para recabar el acompañamiento y movilización social, como única posibilidad de cambio en una integración transformadora para el quiebre del status quo impuesto.

No tenemos temor al expresarnos (mediante la palabra usada por el mismo Chesterton vinculándola con la cuestión social), reivindicando un distributivismo. Lo hacemos para instrumentar un nuevo y mejor distributivismo. Que no debe ser entendido ni como asistencialista ni meramente inclusivo, sino contundentemente integrador.

Un nuevo distributivismo (con deberes y derechos) para garantizar la igualdad y la libertad, armonizadas en el marco de una fortalecida concepción de fraternidad -para el bien humano-. Para elevar, constatablemente, la calidad de vida de nuestros compatriotas. Con el trabajo y la industria como centralidades ordenadoras. Con una participación democrática organizada, en vista de construir comunidad. En el marco de un modelo de desarrollo sintetizado como de industrialización con justicia social. Para integrar el acceso a la propiedad individual y colectiva, a partir del reconocimiento de su función social. Sin olvidar el principio de la DSI que refiere el destino universal de los bienes, interpretándolo como necesario en cuanto al bienestar general de la comunidad, y como “un equilibrador social y económico” frente a una concentración de la riqueza excluyente y expulsiva, en cada vez menos manos.

En línea con todo lo anterior, postulamos construir una comunidad organizada e integrada. De lo contrario, el rumbo del camino se acelerará peligrosamente a la dilución de la Argentina como Nación soberana. Y eso no se puede ni admitir ni permitir bajo ningún concepto. Nos proponemos lograrlo o dejar nuestro testimonio en ese sentido. Testimonio en un espíritu como el que enseñaba Emmanuel Mounier; reivindicando: un personalismo comunitario y una comunidad organizada e integrada.

Frente al salvajismo del liberalismo libertario consumista, a la vacuidad de un estatismo materialista; debemos dar testimonio de lucha, dignidad y esperanza, para un proyecto de construcción alternativa en nuestra Patria. En la esperanza, nuestra y futura, de continuar la lucha. Vuelva a ser el sol incaico nuestro testigo y guía en este compromiso asumido. Como en las luchas por la independencia. Independencia todavía inconclusa. Por la que seguiremos luchando, como parte del pueblo -que también es Nación-; para conquistarla definitivamente. Porque “la Patria existe y la Patria vencerá”.

 


*Integrante del Grupo Ofensiva Nacional Democrática (OND).

[1] La fuente de las citas al inicio de los acápites son de El Legado de San Martín. Pensamientos, máximas, sentencias. Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires, 2008.

 

 

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