Solo Donald Trump tiene el talento necesario para convertir algo tan serio y crucial como una guerra en una comedia de enredos, y no una guerra más, sino con las dimensiones de la que comenzó el último día de febrero, donde no solo pone en riesgo, más allá de la vida y el destino de millones de personas, a una región capital para el funcionamiento de la economía global.
Recordemos: Trump fue llevado al Golfo Pérsico por las artimañas de Benjamín Netanyahu, asociado con la banda de yahuds presidenciales, entre los que se incluye fundamentalmente al yerno de Trump, el sionista confeso Jared Kushner. Ya sabemos cómo la foca gangosa compró el cuento de que iba a ser una excursión de dos o tres días, los que alcanzarían para la destitución del régimen de los ayatolás, capturar sus reservas petroleras y vender al gran público que habían terminado con esa peligrosa posibilidad de un Irán con poder nuclear, plan que ha quedado claro que nunca existió, ni tampoco todo lo contrario. A los Estados Unidos se le perdieron algunos detalles antes de lanzar la operación Furia Épica; en Teherán no hubo ni Delcys Rodríguez que entregara su país sin mover un dedo, ni pelafustanes de la magnitud de Nicolás Maduro, que recibiera a sus captores vivo, deseándoles buen año en inglés.
A pesar de las trabas impuestas por Tel Aviv, este domingo comenzaron las reuniones en Bürgenstock con la presencia del presidente del Parlamento iraní, Mohammed Ghalibaf, y el vicepresidente estadounidense J. D. Vance, y diplomáticos y funcionarios de Qatar y Pakistán, que fungen de mediadores. El objetivo es alcanzar un acuerdo definitivo, en particular sobre el programa nuclear iraní, y reconfirmar el levantamiento de las sanciones y la liberación de los activos iraníes secuestrados por Washington desde hace décadas.
En este contexto habrá que esperar más acciones por parte de los sionistas, cuya sobrevivencia y perpetuación en Palestina depende de cuánto Estados Unidos puede conseguirles en Suiza. Más allá de las críticas tanto de Trump como de Vance por las constantes hostilidades de los judíos, cuyo gran negocio está en profundizar los conflictos. Por lo que, de no producirse una operación directa de las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel), que más temprano que tarde ejecuten un nuevo ataque de falsa bandera para mantener el constante rol de víctima del que tanto se ha beneficiado a partir del Holocausto.
Mientras se conoce que el tráfico por el estrecho de Ormuz, que siempre se había mantenido abierto y solo había sido cerrado por Irán como arma tras los ataques, y que supo articular tan bien como los mejores misiles sus exquisitos arsenales, los que le posibilitaron arrinconar a Trump. No se sabrá nunca de qué manera Netanyahu tiene atrapado a su “amigo” Trump: ¿negocios? ¿archivos Epstein? Su obcecación no importa tanto ahora; a Trump por estos días solo le interesa que la derrota en la guerra se le note poco.
*Por Guadi Calvo 