«Venía rápido / Muy rápido y se le soltó un patín»
Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota
Deja caer las palabras. No es muy difícil decir lo que otros quieren escuchar. Es parte de la teatralidad. Su discurso parece pasional, pero está metódicamente pensado. Se trata de no cumplir con las hazañas que se prometieron. Lo fácil es pregonar la injuria como artilugio que se asienta la fidelidad al abandono permanente. Habla, lo escuchan. El discurso del Yo. Otra vez el aplauso rápido, irreflexivo: la narrativa se parece demasiado a un teléfono que suena en una pieza vacía. Pontificar el macartismo desde el nicho etéreo de la moral clasemediera como polizón en la historia no es igual a ser un pastor, sobre todo si no se huele a oveja. El sinsabor del mesianismo sin pasado.
Máximo Kirchner nunca tuvo interés en aprender de Perón ni del pueblo. No alcanzó a quemar el rencor que se arrincona el lugar más oscuro de la trastienda de la comedia. El sueño refractario de alimentar a las bestias políticas, sobregiradas, con el veneno de un alcohol histórico sin mística. El pequeño burgués alienado en su propio laberinto. Sin mito. Alejado demasiado de lo que dice ser. No comprendió el valor doctrinario: «En la acción política la escala de valores de todo peronista es la siguiente: Primero la Patria, después el Movimiento y luego los hombres».
En ese mismo Parque Lezama, organizaciones sindicales de la Confederación General del Trabajo, le acercaron un plato de comida a personas en situación de calle. Máximo nunca estuvo ahí. No conoce los secretos que guarda ese parque y el barrio que le da cobijo. La panza llena permite que las palabras fluyan con naturalidad. La cama caliente acoge los sueños de revoluciones secas como las hojas que caen de los árboles que custodian a la concentración. Ser el Hijo «de» es complicado, puede que hasta traumático. La portación de apellido da chapa, pero no cicatrices de lucha. El cuero no se curte en el púlpito. La identidad no se asegura con una banca. Y no, no es el pibe de los astilleros.
Es poco imaginable verlo caminar el lomo del parque para ir a buscar un pedazo de pan en el subsuelo de la Patria. En ese parque hubo muchas mesas navideñas organizadas por trabajadores. En una de esas celebraciones, a pocas cuadras de ahí, en Plaza Constitución, un hombre de 35 años, recién llegado del interior con su pibe, que no pasaba los 12, recibió de una mano lacerada por el yugo un plato de comida y un juguete para su hijo. Eso era lo único que ambos iban a recibir ese día. Agradeció con lágrimas en los ojos y con vergüenza la solidaridad. No corrió a su encuentro ninguna década ganada. ¿Qué será de esa familia diezmada por la miseria? No, Máximo no se preguntó por ellos el último sábado.
El mesianismo progresista está desnudo sobre un atril. El juego es caprichoso. Ese sábado por la noche, algunos hombres y mujeres durmieron a la intemperie. Tal vez alcanzaron a mirar las estrellas, acostumbrándose a la inmensidad del cosmos, a no tener nombres ni apellidos, a ser parias sociales, a no ser mencionados en los discursos de tipos redondos que usan palabras ordenadas y que muestran a la cámara la sonrisa perfecta. ¿Si los pobres no piden por la libertad de Cristina van a ser quemados en la hoguera donde una facción retardataria pretende incinerar a los traidores a su causa?
«No existe para el peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan». En el Parque Lezama habitan los ecos de una Argentina que fue y que es probable que no vuelva a ser. Es curioso: el Día del Trabajador, Máximo Kirchner, el mismo, atacó a la CGT porque un día antes su conducción no la nombró durante un encuentro. Con un cinismo prefabricado en el ideario de Laclau dijo: «Estoy caliente, no es de buen peronista lo que hicieron ayer (no mencionaron a la expresidenta), a la compañera que los defendió, le hicieron paro por Ganancias y después agacharon la cabeza, se fueron a brindar con Macri. Eso no se hace, ¿quién carajo se creen que son?». Pero nadie se inmutó.
Al mismo tiempo, dijo: «Cuando le pusieron un fierro en la cabeza se borraron». Omitió hablar de La Cámpora, la facción del dentista fiel. «Si la tocan a Cristina que quilombo se va a armar». ¿Y qué quilombo se armó? Ninguno. Los soldadores se replegaron de las calles, se escondieron en los comedores de sus casas y armaron la «ofensiva» a través de C5N. Quejas, denuncias. Pero no hubo guerra. Huyeron. Se refugiaron en el mejor de los recuerdos del Tío Cámpora y burocratizaron la protesta. Pero ojo, Máximo estaba caliente ese 1° de Mayo. Quizá tenía la misma calentura que Scioli cuando la orga le jugó en contra, o por ahí era igual a la de Alberto, el elegido, cuando lo operaron desde adentro. Quién sabe.
En el Parque Lezama, los pobres de La Boca íbamos a la calesita como si fuéramos al Colón. En la adolescencia jugábamos a tener los mejores autos y armábamos carros con madera y rulemanes y nos tirábamos por la colina interna, paralela a Martín García. Cuando volvíamos a casa nos teníamos que bañar en fuentones. Antes, la abuela Cata nos calentaba la cocina porque el frío era jodido y no daba bañarse en el cuarto de baño compartido. Claro, tampoco había ducha con agua caliente. En ese parque, Máximo, como un gestor de la moralidad civilizatoria, nos impartió el catecismo de los buenos pensamientos, esos que afirman que si no sos de nosotros estás contra nosotros. La burla atroz del progresismo reaccionario.
En su discurso del sábado, Máximo la jugó de Che Guevara, calzado en su traje de yuppie exclamó: «Si nuestra gente no es prioridad, ¿para qué la vamos de dirigentes? Y si tenemos miedo de representar los intereses de la gente, demos un paso al costado y dejemos a los que realmente tienen coraje de plantarse para defender a quienes necesitan». De tener un espejo habría encontrado la respuesta. La memoria, en estos casos, es selectiva, por lo tanto, es propensa al olvido. La resistencia a los gobiernos reaccionarios no surgió de actos sectoriales. Emergió de las fábricas. Los jóvenes profesionales urbanos se guardaron, mamá no les dio autorización para salir a la calle a pelear.
El niño perfecto, abanderado de las causas iracundas, olvidó mencionar a los verdaderos referentes de la Resistencia. Uno de ellos, el general Juan José Valle, fusilado el 12 de junio de 1956 por el dictador Pedro Eugenio Aramburu, escribió en su última carta: «Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país». Al imberbe vociferante se le habrá escapado el detalle. A veces padece fugas de ideas.
Un dato para agregar, así Máximo no se calienta: la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte le rindió homenaje a Valle en Plaza Las Heras. Allí dejó una placa recordatoria. Así que el año que viene el pibe puede pasar a verla y agendarse la fecha para no incurrir en un nuevo olvido.
No obstante, es alarmante el grado de subestimación respecto a la clase trabajadora. En 2011, los obsecuentes le entregaron la brújula política a la angurria del aparato electoral. La conducción pergeñó confabulaciones, al estilo John le Carré, para justificar la pérdida del rumbo donde los trabajadores son concebidos como meros subalternos de la dirigencia política. Hay muchas maneras de ser gorila. La de Máximo es una de esas expresiones.
Su experiencia como portador de apellido no le alcanza para distinguir que fue Perón quien dotó de experiencia histórica a los trabajadores y que, a pesar de su marco teórico blanco y europeo, el kirchnerismo fue una expresión de coyuntura. La década ganada dejó demasiadas deudas por saldar y hoy replica la lógica de los ’70: se niega a Perón como líder y como conductor para imponer una lógica refractaria de movimientos heterodoxos que adhieren al liberalismo desde postulados progresistas. Ni siquiera escuchó a su amigo que supo cantar: «Quemarás… el dolor / En el fuego más sagrado de hoy / Y buscarás… el amor / En un rastro ciego de lo que ya no sos».
En el Parque Lezama los pobres de La Boca dejamos caer lágrimas mientras jugábamos a la escondida con la vida. Nos emborrachamos al tratar de romper cadenas y pateamos las piedras que sobraban del camino. Allí hay cuerpos y sombras. Hay principios y finales, pero no hay olvidos. Así que no hace falta aclarar que los peronistas no quieren a Cristina presa. La lengua que la va de filosa solo juega a la mezquindad en el patio trasero de la historia. Los humildes no necesitan falsos profetas que tracen diagnósticos sobrevalorados. Ellos saben quiénes son, aunque la narrativa picante de un pibe de clase media los quiera etiquetar con consignas vacías.
El Parque Lezama también sabe quién es. Pero vos, Máximo, ¿quién sos?
Por Gustavo Ramírez