«A ser tan revirao’Y a no aguantarle la procesiónSerá por sabio que no entendióQue el hambre engorda sólo al que hambrió»
José Larralde
Lo único que se derrama es la sal sobre la herida que no ha cicatrizado. Si la historia no dependiera de su cristalización, lo obvio sería evidente, pero estamos encerrados en una habitación narcotizada por la falsedad que esgrime la propaganda política, presentada como libertad de expresión, y no se observa la dimensión del campo santo que se esparce como un río sin cauce por las fisuras de una extensión geográfica que guarda en sus raíces la sangre de los secretos del pueblo. Olvidar que somos herederos del hedor de Martín Fierro nos condenó al martirio.
La disolución nacional se traduce en la desintegración de todo factor humano. En nombre de la materialidad, la muerte se convierte en una moneda de cambio para una sociedad que se aferró al contrato social sin comprender que hipotecaba su existencia y la del futuro. El reguero de incertidumbre propaga el miedo. Nadie parece estar resuelto a mirar a su alrededor para ver. El individualismo extremo es una daga fría que pretende que el pueblo ponga más sangre en tierra. ¿Cuál es la razón de vivir si la vida no tiene más que valor de cambio? La deshumanización se traduce en traición cuando Roma se esfuerza por comprar a los traidores en nombre de la civilización.
La razón liberal nos carga la culpa. Y ahí andamos, por las calles, arrastramos nuestros trastos haciéndole sombra al pasado. Pero ¿cómo es posible que un fantasma genere sombras? Otros nos preguntan qué somos y nos responden por ellos y por nosotros. La mentira se hace cuento y el cuento se transforma en changa. Lo que se cuenta se narra mal y el que entiende no comprende: nuestras herencias no fueron para hijos gauchos, tuvieron el brillo de joyas opacas, deslumbradas por las historias impropias de la impaciencia extranjera.
Los muertos están en nuestras manos y por vergüenza los lloramos en silencio a través de crónicas periodísticas contadas por gente que no sabe escribir, aunque afirma en la redundancia obvia que sí. Decir no es hablar, enseñar no es mostrar y dos más dos no siempre es cuatro. No sabemos dónde estamos, aunque la moda sea fingir que estamos ubicados. Corremos cuando creemos que galopamos, pero no vamos a ningún lado. La panza no entiende lo que significa la distribución de la riqueza.
Esta semana fue dura, como las que pasaron y están por venir. Nancy Godoy es un nombre que se transformó en dolor. El monte correntino aulló en silencio, miró el cielo y volvió a dejarse llevar por el porfiado viento. En la ciudad, la espesura de la perorata alimentó el ego de los cagatintas. No hubo quien dijo: «se nos fue una hermana». Como esa alma nuestra que sucumbe ante un tacho de basura para mendigar un resto de posibilidad. La vida que miramos nos ignora. Es temblor y es temor. Pero aquella vida que elegimos no mirar está ahí, sin criar cosas fingidas, alimentándose de la supervivencia que no llega. La realidad no templa a la crueldad. Los que se nos van son robados, nos los arrebatan porque sí y nos dicen, los que hablan y explican, que este es el orden natural de la evolución, porque el que manda es el mercado. Pero el mercado mata, por dentro y por fuera, mata.
No escatime sangre de gaucho. Ese fue el dogma doctorado en la universidad de los patrones de la historia. Para el pobre lo que es del pobre: pedir vida prestada, alquilar una ilusión. La arrogancia es dar discursos de moral mientras se latiguea al que pelea. ¿Qué hacemos? Porque es algo más que el cansancio que cansa, es la muerte que toca a la puerta de un país que supo celebrar la vida. Con estridente inhumanidad naturalizamos el asesinato del gaucho y justificamos la promesa que no se va a cumplir.
«La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria. Que es la felicidad de sus hijos y la grandeza de la Nación». ¿Qué hacía feliz a esa maestra rural a la que se le arrebató la vida mientras evitaba que el sistema produzca esclavos baratos? ¿Qué hace feliz a los hijos del gaucho? El círculo no se cierra, se repite a sí mismo y nos encierra. Ahí es donde la dirigencia política se sienta a esperar que el Pueblo pase en silencio, con la cabeza gacha, mientras arrastra tras de sí su angustia, su cansancio. ¿Qué se hizo de la Argentina? Una vez más sobra el diagnóstico y escasean las certezas.
No obstante, la dirigencia debería advertir que las encuestas de opinión, siempre amañadas, unidireccionales, unipolares, frías como el beso de la decadencia, advierten que existe un gran segmento de la comunidad que no le cree. Lo inauténtico se percibe, aunque el civilizado subestime al bárbaro. Sin embargo, no son pocos los que se resisten a abandonar el artificio. Celebran Halloween como festejan la violencia colonial, ya no cantan los que piensan. Se insiste en empezar por el final y se repite el mandato de los que mandan para que los que obedecen no levanten la voz. Si lo hacen, pobre será su destino.
Fingir ya no genera esperanza. Gana el cansancio y una comunidad agotada carece de fuerza para torcer la voluntad del destino impuesto. Muchos han olvidado que «en esta tierra lo mejor que tenemos es el Pueblo». No es el mero empeño de la herejía lo que produce ese olvido, sino la voluntad de olvidar. Lo curioso es que la demanda no pasa por recuperar la memoria, sino la identidad. En un país roto es necesario tener en claro quién es quién. Por eso, lo que urge es vencer a la colonialidad y eso no alcanza solo con ganar una elección. El dirigente político que pretenda recuperar el sentido nacional deberá ser parte de ese Pueblo al que se quiere civilizar a través del credo del mercado.
Liberación nacional significa recuperar la espiritualidad de la argentinidad, la herencia de los hijos gauchos. Es el momento de generar más certezas que discursos. El arraigo de la Justicia Social no está en la creación de utopías. Lo concreto, lo efectivo, es la realización en comunidad a partir de la conciencia de lo que somos. Somos argentinos. Nuestra esencia no niega la vida, la protege, la cuida y la hace sagrada. Sin vida no hay liberación posible.
Al mismo tiempo, “No se puede ser felices solos”, alerta el Papa Francisco. Por otro lado, afirma: «La felicidad no es algo que se compra en el supermercado, la felicidad viene solo de amar y dejarse amar». Si no amamos lo que somos, si no amamos a la Patria, a la vida, no seremos libres y no importarán los resultados de las elecciones. Ser libres implica reconocernos como hijos de Fierro.
Por Gustavo Ramírez