Por Redacción
¿Hay sorpresas en el Mundial? Las corporaciones de publicistas de grandes casas de apuestas deportivas han instalado la idea de que el fútbol hispanoamericano es inferior al europeo, donde está el epicentro del negocio. Sin embargo, olvidan que este «mercado» se nutre de materia prima y de mano de obra proveniente del Sur del mundo. Entonces, ¿era realmente imposible que la Selección de Paraguay le ganara a la de Alemania? No, y simplemente porque el fútbol, a pesar de que cambiaron algunas reglas y de que los estilos de juego se unificaron en la imitación del guardiolismo, es el mismo juego.
Gustavo Alfaro es consciente de ello y se mantiene firme con el desarrollo del plan de juego. No se traiciona. No se trata de que nos guste o no su manera de parar el equipo. Se trata de que, en su concepción, él eligió una manera de jugar que en ocasiones le da resultado. La del último lunes es una de ellas. No pegó un batacazo. El equipo estaba preparado para esto. Así juega el Míster. Pero hay algo más. En este Mundial no hay ventajas. La gran mayoría, salvo Argentina, Francia y Marruecos, juegan a no perder. Esto evidencia una paridad donde es difícil distinguir el «jugar bien», al que muchos confunden con «jugar lindo». Desde esta caracterización podemos concluir que los alemanes no jugaron bien, así como tampoco lo hicieron los holandeses.
El análisis mediático vacío sirve para llenar horas de aire que permiten vender publicidad. No hay margen para no reasegurar el negocio. Si la Selección Alemana está cotizada por los gurúes del «mercado del deporte» en US$ 1.100 millones, los espacios para ponderar al equipo paraguayo se achican. En el metaverso de las apuestas (donde impera más el verso que el meta), los germanos tenían el 70 % de probabilidades de alzarse con un triunfo. Paraguay, no obstante, casi rozaba el 10 % de posibilidades. Frente a la dictadura del algoritmo y la renta de las estadísticas, los propagandistas emitieron su «juicio»: no había ninguna chance de que los paraguayos pasaran a octavos de final.
Pero el fútbol no se mide con la lógica aritmética, al menos no en estas instancias. Menos cuando un DT como Alfaro está decidido a patear el tablero y a jugar alejado del paradigma coyuntural. Los jugadores y el Cuerpo Técnico conocen algo que los periodistas de entretenimiento no. El día a día. Esa dinámica es la impensada, y lo es porque allí tallan situaciones que escapan al cientificismo formateado por las necesidades del capital. La Selección de Paraguay creyó en la Selección de Paraguay. Eso es todo. No creyó en la voz endiosada del mercado futbolístico regido por las «casas de apuestas virtuales». Por lo tanto, no hubo milagro; en todo caso, podemos decir que existió algo de épica, pero por el dramatismo que implica ir al alargue y después a los penales.
Alemania nunca fue dominador del partido; esa es la otra gran pantalla de este Mundial: creer que la tenencia de la pelota define al dominador del juego. El toquecito intrascendente en mitad de cancha y sin profundidad es una manera de no querer arriesgar, solo que más vistosa que parar a los 11 jugadores cerca del área chica. Sí, claro, tuvo situaciones en ataque. Es lógico en este juego. Paraguay tuvo menos, pero también marcó presencia en el campo rival. Pero los alemanes no lograron imponer una supremacía en la cancha. Poco a poco cayeron en la anomia y fueron neutralizados por un juego que los exaspera: los europeos no saben jugar en espacios reducidos y mucho menos cuando les pegan.
Alfaro hizo la Alfaro. No se trata de gustos. Se trata de visiones sobre el fútbol. Le salió bien y eso en un Mundial alcanza. Es la atracción pasional que ejerce el fútbol. Hay una más: este partido dejó en evidencia que no se necesitan atletas para patear una pelota. Los corredores sirven en los Juegos Olímpicos, pero no en una cancha. Mucho menos si no saben cómo patear una pelota. Al fútbol se juega con la cabeza también, se marca, se mete pierna, se camina, se trota y se corre cuando es necesario, pero antes que nada se piensa. Es lo que puso de relieve Paraguay y salió bien, muy bien, porque está en octavos y los alemanes en Alemania. Es fútbol.
Tras el partido, Alfaro expresó: «Uno se siente feliz por la respuesta de los jugadores, yo se lo agradecí en el vestuario, yo digo la verdad que lo que han hecho estos chicos no dejan de sorprenderme, sorprenderme para bien por el compromiso que tienen. Uno está muy feliz, muy feliz por todos los que quieren, por todos los que nos ayudaron, por todos los que apoyaron siempre a la Selección, por todo el país que hoy está festejando». Un mensaje claro, simple, humano.
Del mismo modo, agregó: «se lo quiero dedicar a todo el país, a todos ustedes, que lo disfruten, que nos sigan ayudando. Me alegro por el fútbol de Paraguay, me alegro por un fútbol sufrido, sacrificado, de cuesta arriba, que ojalá todos podamos abrevar de este lugar para que nos ayude a crecer en todo sentido. Que lo disfrute Paraguay, que nosotros estamos muy felices cuando vemos al pueblo feliz».
Al mismo tiempo, puntualizó: «Es una demostración absoluta de amor propio y convencimiento, esa mezcla de sangre y utopía que nos dio la posibilidad de hacer realidad lo que parecía o amenazaba como imposible, y para mí, sin lugar a dudas, fue la victoria más grande de mi carrera como entrenador, por eso se lo dije a los jugadores, gracias, gracias por haberme regalado una tarde noche inolvidable».
Por último, Alfaro contó: «me quedé en un momento mirando y contemplando la cancha de este estadio porque no me alcanzaban los ojos y los sentidos para llenarme de este espacio, de este ambiente, de este sentimiento y de esta demostración absoluta de amor que dieron los jugadores por la selección, para mí, sin lugar a dudas, fue la victoria más grande de mi vida y ojalá que tengamos otras».
Ahora Paraguay espera. En octavos de final se cruzará con el ganador de Francia-Suecia, que se enfrentarán este martes. El 4 de julio queda lejos en medio de la euforia y de los festejos. El fútbol es celebración en estos casos y el pueblo paraguayo se merece estar de fiesta, aunque muchos no comprendan de qué se trata.
