Francisco: «La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece en los pobres, debe sustituir a esa globalización de la exclusión y de la indiferencia»

Por Redacción

El 13 de marzo de 2013, la Argentina se estremeció cuando el Cardenal Protodiácono, Jean-Louis Tauran, anunciaba: «Habemus Papam… Georgium Marium Bergoglio». La historia, desde entonces, no fue la misma para millones de personas en el mundo. Su papado estuvo regido por el sentido misionero. Situado en un mundo convulsionado, materialista y deshumanizado, promovió una Iglesia en salida, en permanente transitar con los pobres, con los descartados, con la humanidad en comunidad.

Su pensamiento quedó plasmado en distintas encíclicas y en diversos escritos e intervenciones, donde la fraternidad, la solidaridad y la escucha son los pilares que sustentan su caminar. Francisco no se anquilosó en las estructuras del Vaticano. Con humildad recorrió el mundo, deshaciéndose de todo vestigio formal y protocolar. Su misión pastoral fue integradora y universal. Para él, la unidad es superior al conflicto, un principio que motiva la superación de las polarizaciones y pregona la integración del pueblo.

Al mismo tiempo, para el Papa del Fin del Mundo, el tiempo es superior al espacio: los procesos a largo plazo representan factores integradores por encima de la inmediatez y la ambición deshumanizante de ocupar cargos en espacios de poder. Por otro lado, en su pensamiento el todo es superior a la parte; por lo tanto, el conjunto tiende al bien común en comunidad —»nadie se salva solo»—, dado que el individualismo tiende al egoísmo y a la exclusión, al descarte social.

En Fratelli Tutti expresó: «Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en «el campo de la más amplia caridad, la caridad política»».

Al ser el Papa de los Pobres, Francisco era hombre de trabajo. Desde esta perspectiva, representó el sentido profundo del postulado de las Tres T: Tierra, Techo y Trabajo. En tal sentido afirmó: «Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la sociedad humana —amigos, comunidades, aldeas, municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones—».

Por eso, para este Papa, el trabajo es sinónimo de justicia social. Por eso aseguró que «el trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo, por usar una imagen, nos ‘unge’ de dignidad, nos colma de dignidad; nos hace semejante a Dios, que trabajó y trabaja, actúa siempre; da la capacidad de mantenerse a sí mismo, a la propia familia y contribuir al crecimiento de la propia nación. Aquí pienso en las dificultades que, en varios países, encuentra el mundo del trabajo y de la empresa; pienso en cuantos, y no sólo los jóvenes, están desempleados, muchas veces por causa de una concepción economicista de la sociedad, que busca el beneficio egoísta, al margen de los parámetros de la justicia social».

Francisco fue más que un Papa, sobre todo para aquellos con los que él caminó, con los que evangelizó. Su papado enseñó que la fe es revolucionaria y que ella no proviene de un centro estructurado, formal, político, ordenado, sino de la periferia, desde el núcleo sensible de la humanidad del pueblo. Su legado es hoy mucho más fuerte y cobra significado humanizante, en tanto los gobiernos liberales imponen el subyugamiento y el descarte de los pobres, de los trabajadores.

En 2015, durante su participación en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, en Bolivia, el Santo Padre manifestó: «Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio en el mundo entero, porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los pueblos y crece en los pobres, debe sustituir a esa globalización de la exclusión y de la indiferencia».

El dogma materialista y del pensamiento único se empecina en borrar la memoria de Francisco. Su papado no es noticia en los medios del régimen. Sin embargo, su legado existe en su pueblo, en sus trabajadores, en su tierra. Hoy, más que nunca, es imprescindible poner de relieve su pensamiento para que se haga práctica, fuera de toda especulación material y electoralista.

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