Opinión

Boca y la batalla cultural

Por Gustavo Ramírez

En boca todo se sobredimensiona, un poco porque el ruido es vendedor, otro poco porque los manejos de la conducción no terminan por ser del todo claro. Es cierto, el estilo del Consejo de Fútbol puede resultar para muchos antipático, pero eso no obstruye la idea de ejecución. Si algo no funciona para qué dar vueltas. No obstante, detrás de la trama de especulaciones permanentes lo que subyace es un profundo anti-riquelmismo.

Ibarra tuvo que salir de la dirección técnica del equipo por diversos motivos. La versión oficial tiene que ver con el desgaste que sufrió con el plantel. Bien, no siempre la experiencia como jugador e ídolo del club pueden potenciar las condiciones del manejo del vestuario. La dirigencia entendió que el ciclo se terminó en este momento y decidieron actuar en consecuencia. En el fútbol estas cosas pasan. De ahora en más la mirada estará puesta sobre un plantel que parece demasiado apocado para lo que Boca demanda.

De un tiempo a esta parte, endulzado por la artificial resonancia del éxito permanente, parte de la masa societaria de Boca se convirtió en catadora de un paladar negro que no se condice con la historia del club. El cambio de matriz cultural impulsado por el macrismo imprimió un carácter desaprensivo que baja de las plateas y se instala en la escena mediática como latiguillo costumbrista más que como hecho fáctico: Boca es deportivo ganar y ahora tiene que jugar muy bien.

El inconformismo va de la mano del hinchismo. No hay memoria histórica, ni conciencia del estado de situación previo a las condiciones actuales. Todo termina por derivar en una crisis. Ese parece ser el alimento sistémico de una oposición que no siente un mínimo de cariño por Boca y sólo ve la estructura política de la institución como una andamiaje para consolidar poder y potenciar los nichos de negocios.

Los últimos resultados no acompañaron a Ibarra. El equipo alternó partidos buenos con partidos malos. Algo que debería ser entendido como natural pero que está condicionado por la convivencia interna en el vestuario y por el exitismo que gana las tribunas y las portadas mediáticas. Lo curioso es que Boca pelea un campeonato que es largo y viene de cerrar un año de logros deportivos.

La intolerancia gana terreno como si fuera un instrumento del foquismo. Pequeñas detonaciones que fagocitan el estallido. Lo cual no exime a la actual conducción de asumir sus propios errores. Tal vez esto podría haberse evitado si se daba por cerrado el ciclo de Ibarra en diciembre del año pasado. Pero en Boca estos hechos terminan por ser contra fácticos en cuestión de horas.

Riquelme, Bermúdez y Serna a pesar de ser ídolos del club tienen mala prensa. Son los que se le plantaron a Macri, junto con Carlos Bianchi, en el momento que el ex presidente pretendía construir una épica popular que siempre esquivó y aborreció pero que le era necesaria para su objetivo político de fondo.

Riquelme es incómodo para cierta prensa proclive a genuflexión ante esbirros del poder. Pero también lo es para una parte del ambiente del fútbol. Actúa según sus principios y no a través de la lógica del negocio. Su ejecución política es tan filosa como su lengua y eso no siempre es entendible para quienes desean mantener las condiciones de subordinación que rigen en ciertos aspectos de la práctica del poder dentro del mundo fútbol y el universo Boca.

En este escenario el público xeneize, muchas veces auto excluido de la idiosincrasia propia del barrio como polo originario de la identidad boquense, adhiere a la premisa “no sé lo que quiero pero lo quiero ya”. Es que la interferencia macrista trabajó sobre la identidad popular del club. Boca se convirtió en una marca de exportación. Dejó de ser un club identificado con la periferia y se transformó en una categoría mainstream dentro del núcleo de negocios de la industria del espectáculo.

El desafío de Ameal y de Riquelme es volver a cambiar ese paradigma elitista del éxito permanente donde no se acepta la derrota. Es decir, la batalla en Boca también es cultural. Los sectores medios que abrevan en la simpatía tribunera  son más hinchas de los triunfos que del club como una historia integrada y situada. Actúan como alienados con derecho al rechazo como síntesis de la propaganda de una falsa libertad que abreva en un artificial sentido de la libertad de expresión. Pero al mismo tiempo, reproducen el paradigma de la hegemonía cultural de la colonia.

Es un año electoral también dentro de universo Boca. El resentimiento macrista contra Riquelme está latente y en función de los resultados deportivos puede potenciarse. Es un juego estrecho pero el que aceptaron jugar los que manejan la conducción de la institución. Los que están adentro y los que están afuera.

Vale decir que la impaciencia es abanicada por el péndulo mediático que protegió en el pasado cercano a Angelici y su armado interno. De estrechos vínculos con servicios de inteligencia y universo judicial. El mismo presidente que vio el negocio para llevar la final de Copa Libertadores a Europa, lejos de los hinchas de Boca. Derrota incluida, hubo todo un montaje pedagógico que sostuvo al entonces mandamás del club, elegido por la voluntad del socio por cierto.

Boca no es una picadora de carne. Lo que se devora al mundo Boca es la parafernalia que se monta detrás de determinadas decisiones. Estas se suben al escenario de la contienda política. Nada es neutral aunque así se quiera hacer notar. Por eso persisten las especulaciones. La deuda pendiente tiene que ver con la recuperación definitiva de la memoria histórica que es la constituye identidad, una identidad que no puede desvincularse del barrio popular, con su gente, que es gente de trabajo. Boca tiene que dejar de ser una marca de exportación para volver a ser el club popular que supo ser. No es una especulación romántica, es una realidad efectiva.

 

 

 

 

 

29/3/2023

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