Nuestra alegría no se negocia: nuestra esperanza no tiene miedo

*Por Alejandro Tarruella 

 

Fueron días históricos, de alegría histórica. Y esos días a través del fútbol, van a sellar, no importa el resultado, una etapa caracterizada por la resurrección del pueblo argentino en un escenario planetario. Es un canto de esperanza presente en los días que vienen. Esta presente la historia como marco, el peso de la alegría de un pueblo que no renuncia jamás a ella y la instala de modo imprevisto en un escenario de amplia participación, atravesando al conjunto de la sociedad de la periferia al centro. Por eso la respuesta política no puede ser un ataque repentino de euforia en la altura para sostener un régimen que debe ser abolido. Hay pueblo, hay fe profunda en la esperanza de días mejores, la unidad se percibe como un hecho que cruza clases sociales, diferencias y cualquier clase de falsos argumentos.

No se trata de proclamar un nombre, una identidad política, la identidad es nacional a secas, profunda y compartida. Es un hecho rebelde y amable que lleva a confirmar a través de compartir el hecho histórico y su proyección histórica, cultural y política. Los pueblos pequeños, desde provincias lejanas hacia el centro, se movilizaron porque saben que están contenidos en el sentimiento que recorre la patria desde el subsuelo de la patria sublevado de un modo original, desconocido, profundo y definitivo.

De manera que se trata de ser amplios, concesivos, amistosos porque se trata de tener en claro cuál es nuestro centro de gravedad donde estamos parados, y desde ahí, conducir acaso desde un colectivo, los movimientos y sucesos hacia una salida que va a conmover al planeta. No por nada, el mundo descubrió la sensibilidad de nuestro pueblo, que es americana del sur y confirma a su modo, el universo. Un sentimiento común ancho y profundo lo legitima y precisa de organización, hoy negada, para reestablecer hacía adelante objetivos nacionales y regionales en el marco de la multipolaridad.

El pueblo subrayó en el desenlace del mundial que está presente, en presente no en la vana promesa del futuro, facilismo extendido por la corporación política institucional en danza. Y lo hizo desde Río Grande y Ushuaia, pasando por Los Antiguos, Camarones, Esquel, Cutral-Co, Tupungato, Toay, Los Toldos, Pujato, Laborde, Funes, Sanagasta, Antofagasta de la Sierra, Campo Quijano, Lules, Sáenz Peña, Clorinda, Paso de la Patria, Ameghino, Nogoyá y otros pueblos en pie de celebración como Buenos Aires. La instalación de la causa Islas Malvinas fue sentida en el conjunto del país, sin distinciones. Y allí es donde debe arribar una propuesta de reparación nacional que recupere la institucionalidad perdida en manos de los entregadores de la Patria. No hay necesidad de colocar las consignas de los armados personales de aparato por encima de los sentimientos nacionales.

Un tiempo de país

Lo popular es en este saber común, sensible, rebelde y amable, es el marco del imaginario que se trazó a través de luchas a través de los años, que podríamos sintetizar hoy en la figura del Papa que nos guía: Francisco, hombre con historia de pueblo, surgido del pueblo, que marca los lugares en el país y el mundo a los que llega el pueblo cuando su historia y su decisión, son firmes. Lo que exponga luego la corporación política institucional en rumbo a una caída sin regreso, no mella su valor en la vida de millones de argentinos.

Vivimos una etapa muy dura en la que se va creando el germen de un nuevo tiempo político institucional. Entonces, se trata de dar a cada cual su lugar, su papel, y recuperar la iniciativa nacional para dirimir los grandes temas que preocupan al pueblo de la Nación. Acabar con el proyecto de entrega, anticonstitucional a todas luces, y sin hablar de nombres, porque se conoce quienes son, llevar la ley recuperada, a una etapa de reparación profunda y definitiva.

Lo sucedido en el mundial de fútbol fue resignificado por el pueblo argentino, su valor entonces es enorme y requiere una recuperación inmediata de su autoestima herida. La hieren los intereses globalistas corporativos, cierta visión en crisis de cierta izquierda de mirada eurocéntrica que va a asimilarse al final de todo, a los intereses nacionales. La recuperación de la dignidad y la autoestima son fundamentales para la etapa en la que no se trata de pelearse con nadie, sino de plantear los intereses del país como centro de escena frente cualquier potencia, entregador o filibustero que se cruce. Inteligencia, serenidad, visión clara de lo que el pueblo exige, son parte de la receta a aplicar siempre en con la mirada puesta en las razones que son las razones de la Patria. 

El problema nuestro, de nuestro país en el concierto planetario, no es económico financiero como plantea el arco de la corporación político institucional casi en su conjunto, es más sencillo, es de valores y, por lo tanto, de representación política de esos valores que representan al conjunto de la Nación. Y que se expresa desde el poder de la entrega y las potencias que lo movilizan, en el hambre, la destrucción de todo lo que eso significa. Por cierto, el pueblo está despierto, su imaginario está claro, la confusión consiste en distraer para mandar y subordinar. La respuesta es una conducción a construir que represente a ese sentimiento común rebelde y amable, que por lo visto no va a dar un paso atrás. 

Los argentinos dijimos en estos días por eso, nuestra alegría no se negocia. Nuestra esperanza no tiene miedo.

 


* Periodista, escritor, autor de los libros “Güemes, el héroe postergado” y “Las dos muertes de Aramburu. El general que nunca fue fusilado”.

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