La era del fuego

Por Gustavo Ramírez 

«El momento es estratégico: este es un período en el que las mentes del estadounidense común están lo más libres posible de las preocupaciones cotidianas. En este contexto, se despliega un espectáculo para una población completamente «idiotizada» a través de memes publicitarios, clips y fragmentos musicales, donde la realidad se transforma en un elemento de performance», la declaración pertenece al pensador ruso, Alexander Duguin. Bien podría ser aplicada para Argentina.

El filósofo sostiene que «solo existe la ley de la fuerza. En cierto sentido, siempre ha sido así, no es nada nuevo. Simplemente, en ciertos momentos, tras cada reorganización de las reglas y cada conflicto global, cuando se redistribuyen las esferas de influencia, las grandes potencias afirman su derecho a la soberanía. Este fue el caso de la Primera y la Segunda Guerra Mundial».

No es nada nuevo. No es nada nuevo. No es nada nuevo. La repetición no deriva de una práctica conductista, sirve para desarticular el andamiaje de propaganda donde la pedagogía occidental asume un rol determinante para hacerse con el aparato de colonización cognitiva. El circo mediático sirve como propagador de la ideología del proyecto civilizatorio, donde la verdad no reviste ninguna importancia y la veracidad periodística es solo un elemento decorativo en la narrativa sobreactuada e interesada.

Los incendios en al Patagonia bien pueden servir para ilustrar el panorama global. El drama, la tristeza y la impotencia emergen como sinónimos de la dependencia y la recolonización lanzados por Trump en la última semana como salto desesperado al vacío para sostener el estatus de Occidente y la comandancia de Estados Unidos como guardián de los intereses de la oligarquía global. Para completar el cuadro de degradación que además incluye a los venezolanos que celebran los ataques a su país, los gobernadores de las provincias afectadas por el fuego se alinean con el gobierno republicano y con Milei.

El mandamiento simbólico del proyecto liberal global, organizado y protegido por Estados Unidos y Europa, refrenda las enmiendas del dogma de dominación que se le impuso al mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Democracia y libertad son sustantivos que el imperio de la colonia realza para establecer marcos de regulación jurídica y para sustentar el flujo de capital simbólico con los que se va a combatir a los enemigos del eje del mundo «civilizado».

Para Duguin, «Trump ha proclamado una renovada «Doctrina Monroe»: el continente americano pertenece a Estados Unidos. Solo Washington determinará quién hace qué allí. Esto es una reivindicación de un imperio estadounidense en el hemisferio occidental. Y dado que Venezuela, Cuba y Nicaragua estaban orientadas hacia Rusia y China, vemos la consecuencia lógica».

Los europeos han legitimado el régimen impuesto a lo largo de los años por Estados Unidos. La reivindicación del modelo civilizatoria está sostenida sobre la falsa apariencia de paz y de libertad, en los marcos de democracias débiles y formales. Así, los grandes jugadores del tablero global legitiman la acción de Israel en Gaza, al mismo tiempo que esconden el asesinato de 65.000 palestinos a manos de Israel. Un Estado que curiosamente no es declarado por las «autoridades» internacionales como terrorista.

La reserva moral con la que el periodismo liberal construye su narrativa repite las prerrogativas de los centros coloniales. No se salen del guión personalizado ideado por el manual del buen salvaje, cartografiado por la «inteligentzia» anglo-estadounidense. Con la misma impronta, Crónica, TN, C5N, América TV y sus repetidoras radiales asumen la representación simbólica del imaginario liberal y reproducen el estatuto de la colonización pedagógica como credo infalible de una civilización artificialmente en ascenso.

Duguin asegura que «si nosotros, rodeados no solo de tramposos sino de asesinos, jugamos según las reglas de la gente honesta, perderemos doblemente». Añade que «están jugando con cartas marcadas contra nosotros. Y cuando logramos ganar, incluso en esas condiciones, se abre fuego. Seguimos diciendo: «Tus cartas fueron injustas». Escuchen: ya hay un tiroteo en el salón de vaqueros de la política mundial. Se rompen botellas, convirtiéndolas en «rosas», y todos golpean con lo que pueden. Esta es la nueva realidad».

Respiración artificial  

Los proyectos de Estados Unidos, China y Rusia tienen raíces filosóficas que resaltan su identidad histórica con sentido de pertenencia y de Nación. En Argentina, esas raíces fueron entregadas al mejor postor (primero Gran Bretaña y después Estados Unidos) por una oligarquía que dejó de lado su expresión nacionalista para integrarse, absolutamente subordinada, a los intereses de capital extranjero. En nuestro país, hace tiempo que se libra una guerra interna: es cultural y ontológica, además de política y económica.

Históricamente, Estados Unidos fue, en los hechos, enemigo de Argentina. Uno de los puntos más altos de su ofensiva contra nuestro país estuvo signado y alentado por la embajada, cuando Spruille Braden intervino en los asuntos políticos internos para confrontar a Perón. El trasfondo de este ataque tiene que ver con intereses económicos, claro está. El general de los trabajadores primero desplazó a los británicos y después a los estadounidenses. Esos hechos marcaron el destino de sus gobiernos.

Al mismo tiempo, el justicialismo se presentó ante el mundo como una nueva filosofía de vida. No representaba el proyecto civilizatorio del Occidente subordinado a Estados Unidos y a Europa. Perón miró hacia el interior del continente y, al igual que San Martín, su política estratégica tuvo proyección continental. No hay Patria sin independencia y no hay libertad sin realización nacional. La integración que propone la filosofía no está regida por la rigidez de la inclusión, no suscribe a la mera verticalidad pragmática. Por el contrario, guarda estrecha relación con una proyección integral que protege las culturas de cada Nación americana y da cuenta de la inversión de los valores que promueve la Doctrina Monroe: América para los americanos, sí, pero para los verdaderos americanos.

La filosofía justicialista tiene como fin material y espiritual la felicidad del pueblo trabajador. Ese es el verdadero proyecto civilizatorio. Esa felicidad no se explaya en mero tener, ni en el simple estar en el mundo. Se consolida en el estar siendo en relación pacífica y armoniosa con los países hermanos. También compone los límites de confrontación con los enemigos internos y externos. El peronismo, en su filosofía de vida, simple, cristiana y humanista, propicia una nueva concepción civilizatoria, que de cierta manera será retomada en su momento por el Papa Francisco, al postular la integración de la periferia y no del mero centro.

El triunfo oligárquico y liberal desplazó del centro del escenario político el ideario del libertad e instaló una libertad formal sustentada por la subordinación de los trabajadores al contrato social materialista. Adhirió a la Doctrina Monroe como agente de la colonia, al mismo tiempo que dejó en manos del capital extranjero la dirección de la economía para vivir de la rentabilidad que le propició tal negocio. El resultante fue: un pueblo empobrecido material y espiritualmente.

En la actualidad, Milei es la expresión de estos principios dogmáticos. Su ignorancia en materia económica y geopolítica agudiza la situación mundial de Argentina. Pero no está solo. La abdicación de la dirigencia política del mentado campo nacional a la filosofía justicialista abonó el terreno para el avance de la topadora liberal. Lejos de la doctrina justicialista, no quiso modificar las condiciones de subordinación y mantuvo, desde el ’83 a la fecha, la inalterabilidad de las condiciones materiales y espirituales de la semi-colonia. Es más, adhirió a la razón de la inclusión multicultural, desarticulando la cultura nacional y perdiendo noción de la consciencia nacional. Al mismo tiempo, promovió el desplazamiento del sujeto histórico de la filosofía justicialista por abstracciones conceptuales que erigieron nuevas falsas representaciones.

James Monroe presentó su doctrina el 2 de diciembre de 1823. El lema que la resume es «América para los americanos», pero como bien explicó Roque Sáenz Peña ante la Primera Conferencia Panamericana, celebrada en Washington entre 1889 y 1890: “La América para los americanos quiere decir en romance: la América para los yankees que suponen ser destinados manifiestamente a dominar todo el continente”. Lo expuesto por Monroe sirvió para que durante más de 200 años Estados Unidos legitimara su injerencia en América Latina. (1)

Duguin afirma: «tenemos una única salida: defender la soberanía que no nos reconocen. La cuestión es nuestra como civilización-estado. Debemos defendernos en la guerra contra Occidente, porque de ahí proviene la iniciativa de revocar nuestro derecho a una política soberana. Es hora de abandonar las ilusiones sobre «socios occidentales» o «valores compartidos». Trump tiene razón al quitarse la máscara de la hipocresía y el absurdo sobre los derechos humanos: para él, Estados Unidos es lo primero. Estamos en un tiroteo: dispara o morirás. Trump ni siquiera inició la Tercera Guerra Mundial; simplemente confirmó su existencia».

Son tiempos aciagos. Estos momentos, tanto en el ámbito local como geopolítico, obligan a la dirigencia «popular» a volver a encuadrarse con la dirección de la filosofía justicialista. Trump y Milei demostraron que no hay anacronismos en el devenir histórico. Mientras la dirigencia siga perdida en su propio laberinto y abone a la confusión generalizada, alejándose de su identidad histórica y buscando el Ser Nacional en expresiones anti-nacionales, la consciencia nacional navegará a la deriva y su respiración será artificial.

(1) Morgenfeld, Leandro (2023) Nuestra América frente a la doctrina Monroе. CLACSO.

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