Es por acá

Por Gustavo Ramírez

«Yo he visto muchos cantores
Con famas bien otenidas,
Y que después de alquiridas
No las quieren sustentar:
Parece que sin largar
Se cansaron en partidas»

(Martín Fierro, José Hernádez) 

 

La elección de las nuevas autoridades de la Confederación General del Trabajo se produce en un contexto adverso para las Organizaciones Libres del Pueblo. La orfandad política de la que adolece el actual peronismo obliga a las fuerzas populares a asumir el repliegue sobre sus propias estructuras, mientras depositan, una vez más, la presión sobre los sindicatos y su Central.

No hay ganadores ni perdedores dentro de la CGT. La reconfiguración del ordenamiento interno se produce sobre la base del consenso alcanzado que, dado el debate que se produjo el último miércoles en Obras Sanitarias, en principio tiene más que ver con preservar a la institución que a los propios dirigentes. En su origen, el Triunvirato no necesariamente expresa una unidad cerrada; en todo caso, es la síntesis de una coyuntura compleja que se proyecta sobre la estructura sindical. La ausencia de un liderazgo integral y la carencia de una conducción política en el peronismo tienen impacto dentro del armado de la Confederación General del Trabajo. Sin embargo, esto no imposibilita la articulación y, mucho menos, anula los encuadramientos.

Jorge Sola, Cristian Jerónimo y Octavio Argüello tienen la enorme responsabilidad de construir conducción y alcanzar acuerdos básicos para consolidar la representación que les fue asignada por más de 1.800 congresales que representaron a 143 organizaciones sindicales. Cuentan con la legitimidad de base. Al mismo tiempo, asumen la emergencia de un trasvasamiento generacional en transición, por lo que este Congreso no fue uno más. Por otro lado, deberán desarrollar una estrategia sólida para confrontar con las políticas de Milei que, como bien confirmó en España ante una caterva de empresarios reaccionarios, Federico Adolfo Sturzenegger (algunos sabrán poner el acento en Adolfo), tienen como objetivo, en esta etapa, diluir el poder de los sindicatos.

No obstante, con un escenario social diversificado y resquebrajado por el poder político oligárquico, en medio de una guerra cognitiva, el nuevo Triunvirato deberá redoblar los esfuerzos para dar batalla en distintos planos. Revertir el proceso de acción psicológica que culpabiliza a los defensores del trabajo y la Justicia Social por atacar al capital no es una tarea simple. Desestructurar el esquema simbólico, que incluso reproducen los propios beneficiarios de las políticas sindicales, llevará tiempo. Sin embargo, en un contexto donde el caos impera como naturaleza política del régimen, el sindicalismo puede fortalecerse como factor de orden y equilibrio.

Es importante tener en cuenta lo que dijo, durante el Congreso, el titular de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte y de la Federación Marítima, Portuaria y de la Industria Naval, Juan Carlos Schmid. El dirigente afirmó que el debate «ha manifestado, de alguna manera también, las contradicciones que tenemos en el seno de la sociedad argentina. Esa misma sociedad argentina que le pide a la Confederación General del Trabajo que haga lo que ella misma no hace a la hora de votar».

El sindicalismo argentino, expresado por el encuadramiento en la CGT, es uno de los más fuertes y sólidos de la región y del mundo. No es casual que los enemigos de la clase trabajadora y defensores del capital parasitario hayan intentado destruirlo y repitan la historia en el actual contexto. Una vez más, esto no parece comprenderse en su totalidad por las fuerzas políticas incluidas en el «campo Nacional». De hecho, el actual «peronismo» decidió prescindir de su sujeto histórico y de sus organizaciones sindicales en este período, por lo que pierde sustento y su esencia filosófica y doctrinaria.

Inclusive, algunos sectores progresistas reniegan de la historia y olvidan que la recuperación democrática estuvo signada por las luchas encabezadas por el Movimiento Obrero. Es cierto, por entonces el liderazgo de Saúl Ubaldini supo guiar la lucha por la liberación contra la Dictadura. Muy pocos tienen en cuenta que los hacedores de la democracia contemporánea son los trabajadores y que la víctima del Proceso de Reorganización fue la clase trabajadora.

Al mismo tiempo, es preciso señalar que la base material sobre la cual se cuadra Milei para guerrear contra los trabajadores está legitimada por el Pacto de Olivos y por la Constitución neoliberal del ’94. Paradójicamente, quienes ahondan las demandas para con la CGT pierden de vista que estos pilares de legalidad social sirvieron para justificar el mandato de la dependencia y de la dominación. Es sobre esta base que el gobierno libertario emprende la lucha contra la clase trabajadora y su organización.

La reforma laboral que pretende desangrar al trabajador y debilitar su organización encuentra asidero en justificaciones económicas, pero reafirma el carácter reaccionario del régimen. Por lo tanto, su configuración es política y, hasta el momento, más allá de expresiones retóricas, el Partido Justicialista, encabezado por Cristina Kirchner, no ha organizado ningún plan de lucha para defender a su base electoral. Esto podría no llamar la atención si se tiene en cuenta que, cuando ella era Presidenta, acusó a los trabajadores del transporte y a sus sindicatos de tener ambiciones aristocráticas por afirmar que el salario no es ganancia, en relación con la lucha que mantenían por la eliminación de la «cuarta categoría».

La evaporación del sentido, sustituido por el encumbramiento de categorías ajenas a las definiciones elaboradas por la identidad nacional y la pertenencia sindical, fue adosada a la política liberal que sustituyó al trabajo por la rentabilidad financiera. Las discusiones enfrascadas en dirimir cuestiones de la macroeconomía, alejadas de las problemáticas cotidianas que hacen a los trabajadores, sirvieron para descomponer la noción de solidaridad entre actores de la clase trabajadora y se instituyó que los sindicatos eran los promotores de la ruptura del contrato social.

Ese argumento le da pie a Milei para construir un nuevo sentido político, donde los empresarios que tienen a sus empleados en negro son representados como víctimas del sistema y los victimarios son aquellos que deciden no soportar vivir en situación de precarización permanente. Esto prende porque existe una base material y cultural descompuesta.

Dentro del cuadro del precariado existen trabajadores que se ven forzados a trabajar doce horas, por ejemplo. En tanto, otros deben apelar al pluriempleo. El sentido del trabajo perdió valor al no ser abordado como eje de la realización social, y ello, en parte, se debe a que la dirigencia política del campo nacional y popular decidió prescindir de la clase trabajadora como Ser de su programa. Tras el manto del Estado de bienestar, que configuró un esquema coyuntural de inclusión por ingresos y no construyó Comunidad Organizada para la realización del pueblo trabajador, se escondió la asistencia preferencial al «mercado» y al capital concentrado. Por eso, durante la crisis global del 2008, se asistió preferentemente al capital por sobre el trabajo.

Las crisis económicas son elementos del desequilibrio del poder político. La desatención de los problemas del pueblo y el armado de narrativas centradas en los personalismos contribuyeron a consolidar una matriz donde la clase trabajadora siempre fue vista como subalterna. Se exigió su subordinación al «proyecto» y se exigió el disciplinamiento de sus organizaciones sindicales.

Por otro lado, la CGT va más allá de sus dirigentes. Atacarla es atacar a los trabajadores. Vale aclarar: cada dirigente sindical que integra el Consejo Directivo es elegido por sus bases. Por lo tanto, cuando a la ligera se ataca al sindicalismo, se subestima la autodeterminación de los laburantes. La participación de la militancia sindical sigue siendo alta y los sindicatos cumplen una función social que estrecha los lazos de solidaridad.

En tal sentido, llama la atención cómo medios y militantes progresistas que dicen levantar las banderas del peronismo se confunden y confunden: hacen esfuerzos denodados y notorios para deslegitimar a la dirigencia sindical, mientras no tienen reparo en darle entidad a un gobierno enemigo de la clase trabajadora. Es un momento para poner las barbas en remojo. Si la dirigencia del campo popular continúa por el camino del desconcierto y alimenta la confusión ideológica entre sus bases y segrega al Movimiento Obrero, solo terminarán siendo funcionales al régimen liberal.

La superación de las diferencias internas y el establecimiento de una comunicación direccionada a romper con el sentido uniforme del monopolio de la palabra reaccionaria también son parte del desafío que enfrenta la CGT. El panorama puede resultar oscuro, pero no es una imposibilidad para reasumir el rol histórico de la Central. No hay lugar para ser indiferentes: el Movimiento Obrero no puede quedar solo en esta guerra.

El problema de fondo en Argentina es político y no sindical. Por ende, la mayor responsabilidad corresponde a la dirigencia política, siempre susceptible a exigirle a la CGT lo que ella no hace. La cuestión es saber si esta dirigencia se identifica como parte del Movimiento Obrero o se siente cómoda dando clases magistrales alejadas de las necesidades del pueblo trabajador. En este escenario, el Congreso de la Central Obrera no representó un mero cambio de figuritas.

Muchos olvidan que la aparición del peronismo en la historia nacional no fue una irrupción de carácter tradicional, tampoco asumió la representación de una estructura laborista europea. Su impronta revolucionaria fue plasmar la realización colectiva de la clase trabajadora a través de la emergencia de la concepción Justicialista. El objetivo de entonces es el mismo de ahora: La felicidad del pueblo. Esa fuerza es profundamente humana y es la que se contrapone al paradigma poshumano que lidera Milei. Después de todo, sindicalismo es hacer justicia juntos.

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