Francia: otra vez la hora de la «escoria»

*Por Guadi Calvo 

 

Una vez más, como tantas antes en Francia, y otras tantas que están por venir, ha sonado la hora de la “escoria”, como llamó en 2005 el entonces ministro de Interior, Nicolás Sarkozy, a los jóvenes que comenzaban a rebelarse en los suburbios de París por los constantes abusos de la policía y la degradación de sus condiciones de vida, falta de trabajo y acceso a la educación. La torpe acción policial, que estaba bajo la órbita del propio Sarkozy, provocó una respuesta masiva que se extendió por todos los márgenes de París, con el incendio masivo de vehículos como emblema, lo que finalmente, desde aquella periferia, no solo alcanzó al centro de la capital francesa, sino que se extendió al resto del país y traspasó las fronteras, incendiando otras grandes ciudades europeas. A pesar de que esos acontecimientos pusieron contra las cuerdas no solo al ministro, sino al propio gobierno del presidente Jacques Chirac, Sarkozy alcanzó la presidencia en 2007; cosas veredes, Sancho…

Desde entonces, no se necesitó demasiado para que los sectores más marginados de la sociedad francesa salieran a las calles, no solo ciudadanos provenientes de sus antiguas colonias asiáticas y africanas, que las tuvo y muchas, donde practicó las formas más extremas de la explotación, el saqueo y el abuso; entre aquellos desangelados también hubo franceses de pura cepa, pero pobres, marginados y arrumbados en la burocracia de la seguridad social, que les brindaba entonces el “Estado de Bienestar” que Europa alcanzó a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, aquellos franceses de pieles blancas siguen sin conseguir abordar las barcas del bienestar y se conforman con pertenecer a alguna barra brava del fútbol para conseguir conchabo como fuerzas de choque del fenómeno de ultraderecha del continente. En vez de optar por la “lucha de clases”, como lo habían hecho sus abuelos, han preferido la guerra étnica, alentados y alertados por ideólogos como Renaud Camus (con quien obviamente comparte solo el apellido con Albert) y su “teología” de Le Grand Remplacement, un mamotreto de 350 páginas donde afirma que la población blanca, cristiana y originaria de Europa se encuentra en un proceso de suplantación sistemático y organizado por parte de “no europeos”, esencialmente árabe, norteafricano y subsahariano, a partir de la inmigración masiva y el descenso de la natalidad de los blancos.

Inmigración masiva, sí, es cierto, ilegal y, en algunos casos, hasta peligrosa; en los últimos doce años han llegado millones a Europa, y otros tantos son retenidos por Turquía y los países del sur del Mediterráneo a un gran costo pagado por la Unión Europea, pero no llegan porque sí, no lo abandonan todo por nada; lo hacen por el saqueo eterno de los recursos naturales por parte de las antiguas metrópolis coloniales a sus naciones y las bombas, el fósforo blanco y el napalm con que Occidente impone su orden en aquellos países. La teoría del gran reemplazo le ha servido a cuanto fascista closeted que anda suelto. No así a Palestina, donde se la está ejecutando a toda velocidad. Muchos de estos neofascistas están llamando a un “holocausto musulmán”. Otros, todavía más directos, como Guillaume Faye, han afirmado que “No se encontrará ninguna solución a menos que estalle una guerra civil”.

Aunque Camus no fue el primero que desembozadamente pensó sobre el tema de la suplantación, el propio Charles de Gaulle confesó a uno de sus hombres de más confianza y Ministro de Información, Alain Peyrefitte, en marzo de 1959: “Los musulmanes, con sus turbantes y chilabas, no son franceses. ¿Creen que la nación francesa puede absorber a 10 millones de musulmanes, que mañana serán 20 millones y pasado mañana 40 millones? Si esto ocurriera, mi pueblo ya no se llamaría Colombey-les-Deux-Églises, sino Colombey-les-Deux-Mosquées”. Después de que miles de africanos e indochinos años antes murieran en Europa peleando por él contra Hitler, por lo que nunca fueron reconocidos. Quizás por eso el egregio general creía que mejor sería exterminarlos en sus lugares de origen, como lo intentó en la Guerra de Indochina (1946-1954) o la Guerra de Independencia de Argelia entre 1954 y 1962, donde, aunque asesinó a millones de ambas colonias, debió salir con paso redoblado.

Por lo que la cuestión viene de lejos, tan de lejos que Francia, junto a varias potencias europeas, se permitió, en la Conferencia de Berlín (1884-1885), repartirse el continente africano como si estuviera vacío, sellando el destino de un continente que hoy tiene 1.500 millones de habitantes. En enero de 1968, un espectro representativo de la derecha francesa en la ciudad de Niza fundó el Grupo de Investigación y Estudio para la Civilización Europea (por sus siglas en francés, GRECE), poniendo en vigencia el concepto de la Nouvelle Droite (Nueva Derecha), que adoptó los mismos fundamentos que los alemanes abandonaron tras ser vencidos por la Unión Soviética de Stalin. Uno de los más activos de este grupo fue Alain de Benoist, que, en 1977, declaró que el GRECE “consideraba un mal la homogeneización gradual del mundo”.

Otro de los grandes “pensadores” de los arrabales de la condición humana es Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, quien, sin pudor, agradeció, nada menos que en un acto en el Vaticano, a sus “antepasados europeos por haber mantenido al islam fuera del mundo”.

Bannon fue el promotor fundamental para que volvamos a cruzar lo que por décadas creímos la impensable frontera hacia el fascismo, o el nombre que se den: nazismo, wahabismo, hindutva, sionismo, libertarianismo, sionismo cristiano, tradicionalistas cristianos o los budistas del Movimiento Ma Ba Tha, que indefectiblemente terminan siempre en lo mismo: la supresión por cualquier medio del diferente, ya sea negro, judío, musulmán, oriental y, preferiblemente, pobre.

65 años igual

Emmanuel Macron llegó en 2017 al gobierno de Francia, impulsado por el empresario de origen austriaco Peter Brabeck-Letmathe, que, entre otros pensamientos, expuso alguna vez que el agua “no es un derecho humano”, aunque, como pasa siempre, sin disculparse, argumentó que había sido sacada de contexto. El actual presidente francés, que aspira a llegar entero a las elecciones presidenciales de abril próximo, más allá de definirse como un hombre de centro, no ha estado nunca lejos de las políticas fundamentalistas de su mentor Brabeck-Letmathe, convirtiendo a su país en el mejor ejemplo de lo que puede pasar en una sociedad cuando sus gobernantes creen tenerlo todo permitido para aplicar políticas de constantes ajustes, apretando a los más pobres con el aumento constante de alquileres, servicios, transporte y alimentos, y una reducción significativa de los aportes del Estado a la educación, que es la razón fundamental por la que millones de franceses, desde hace más de un mes, están manifestándose en las calles.

Protestas utilizadas por los desconocidos de siempre, que pueden ir desde la Agrupación Nacional, de la ultraderechista Marine Le Pen, cuyo padre, Jean-Marie, fundador del movimiento y cinco veces candidato a presidente, fue un conspicuo torturador en los años de la revolución argelina. Aunque también entre los promotores de los saqueos se cree que han podido participar militantes de la Francia Insumisa, el partido de Jean-Luc Mélenchon, que con el Nuevo Frente Popular irá por su cuarto intento eleccionario. Tampoco nadie puede negar que de los disturbios no hubieran participado agentes extranjeros de la inteligencia norteamericana, rusa e incluso del Mossad.

Recordemos que Macron ha tenido fuertes cruces con el presidente ruso Vladimir Putin a partir de Ucrania, con quien pretendía ir a una guerra, cuando ahora queda claro que no ha podido manejar estudiantes de secundario. Con Trump, lo enfrentó por las políticas arancelarias unilaterales de Washington, aunque ahora su desacuerdo gira en torno a la responsabilidad en la actual crisis energética, a partir de la guerra contra Irán, que ha repercutido de manera directa en el costo de vida de los franceses. Y con Netanyahu, por reconocer formalmente al Estado Palestino, tras el genocidio en Gaza, una medida trágicamente tardía y fundamentalmente electoralista, a favor de alguno de sus posibles candidatos: Gabriel Attal, su ex primer ministro y actual secretario general del partido oficialista Renaissance, y Édouard Philippe, también ex primer ministro de Macron y jefe del centroderechista partido Horizons, uno de los partidos más cercanos al frente del actual presidente, la République en Marche (LREM).

De las revueltas, que ya llevan un mes, la jornada más activa fue aquella en la que se practicaron más de 2.000 detenciones y se produjeron centenares de saqueos a tiendas. Estos hechos se reprodujeron no solo en ciudades como Lyon, Limoges, donde se incendió gran parte de su histórico ayuntamiento, y Lille, entre otras, sino que tuvieron un efecto de réplica en Bélgica, Italia, Portugal, España y Albania. Algo similar ya viene sucediendo en India, donde los estudiantes del movimiento Cockroach Janta Party (Partido Popular de las Cucarachas) están comenzando a horadar el poder omnímodo del primer ministro Narendra Modi.

Quizás, durante la larga jornada del día 17 de octubre en París, al fragor de las sirenas, las balas de goma y los gases lacrimógenos, alguien recordó a los más de mil argelinos que se manifestaron contra De Gaulle: exactamente 65 años atrás, el 17 de octubre de 1961, fueron asesinados en esas mismas calles, ahogados en el Sena, por esa misma policía y por las mismas razones.

 

 


*Escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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