Recolonización y dependencia: la ejecución del plan Trump

Por Gustavo Ramírez 

Las señales no estaban en los barcos de combate que cercaban las costas de Venezuela. La definición filosófica y geopolítica de lo que dejaba de ser próximo para ser real y efectivo se anticipó en la redacción de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, elaborada por Donald Trump. Allí define su posición en cuanto a Hispanoamérica y afirma que la idea es “reclutar y extenderse”. En esa línea, resignifica la Doctrina Monroe.

El término reclutar adquiere una relevancia altamente significativa porque sustenta la subordinación de los “socios” activos y de los potenciales. Por otro lado, la noción de expansión reencarna la impronta imperialista de la representación geopolítica estadounidense, con los valores impuestos como la hegemonía anglo-estadounidense. En este orden, Trump define que su plan estratégico “no se basa en una ideología política tradicional. Está motivada ante todo por lo que es útil para los intereses de Estados Unidos o, en dos palabras, por el principio America First”.

Con falsa modestia, el republicano sostiene: “Queremos proteger este país (Estados Unidos), su pueblo, su economía y su modo de vida contra todo ataque militar y toda influencia extranjera hostil, ya sea espionaje, prácticas comerciales depredadoras, tráfico de droga y de seres humanos, propaganda destructiva y operaciones de influencia, de subversión cultural o toda otra amenaza para nuestra nación”.

Reafirma que se compromete “a evitar toda intrusión o toma de control de activos claves, esenciales para el apoyo de las cadenas de suministro críticas, y a garantizar nuestro acceso continuo a sitios estratégicos esenciales. En otros términos, nos reafirmaremos y aplicaremos un ‘corolario Trump’ a la Doctrina Monroe”.

Si eso no alcanza, explicita: “Queremos poner fin a los daños que ciertos actores extranjeros infligen a la economía estadounidense, manteniendo a la vez la libertad y la apertura del Indo-Pacífico, preservando la libertad de navegación en todas las vías marítimas cruciales y manteniendo cadenas de suministro seguras y confiables, así como un acceso a los materiales esenciales”.

La invasión no solo reviste una característica materialista; es decir, no es solo la apropiación del petróleo. Implica la imposición de nuevas reglas de juego y un cambio significativo en el reposicionamiento de Estados Unidos en el tablero global, redobla la apuesta. Subraya, como afirmó el Departamento de Estado en las últimas horas: “este es nuestro hemisferio, y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada”.

Para Trump, la economía estadounidense tiene que recuperar su valor imperial como “la primera economía mundial, simultáneamente la más importante y la más innovadora, que genere riquezas que podamos invertir en intereses estratégicos y nos dé un poder de negociación sobre los países que quieran acceder a nuestros mercados”.

Quo vadis

La pregunta emergente, después del ataque a Venezuela, es si la multipolaridad continúa con su lánguida existencia. La adhesión al paradigma materialista de países centrales como China y Rusia, más allá de distintivos culturales, pone de relieve que las nuevas alianzas no parecen ser ni tan sólidas ni pensadas a largo plazo. La segmentación internacional asume una representación en tres núcleos centralizados y reafirma las zonas de influencia: Estados Unidos en Hispanoamérica, China en Asia y Rusia en Europa.

La respuesta del bloque chino-ruso fue hasta el momento formal. Quien se atrevió a más, jugando para la tribuna, como casi siempre, fue Kim Jong-un. No obstante, parece más entretenido con sus juguetes nucleares que con la política internacional. A primera vista, Venezuela está demasiado sola en esta situación y, si bien es víctima de Estados Unidos, la propaganda y la acción pedagógica esparcidas por distintos medios hacen que su rol quede desdibujado.

Estados Unidos se erige como juez mundial y se arroga el falso designio de ajusticiar, con falaces argumentos, a presidentes de otros países en nombre de una libertad que no reconoce y sobre una democracia caduca. Para resolver la crisis de Occidente, Trump apela a viejas formas de sometimiento y de recolonización: la intervención política, económica y militar. No deja de imitar a los ingleses.

Lo distintivo de este proceso es que pasó de la vocería a los hechos. Es poco probable que el ataque a Venezuela se haya producido sin una notificación explícita a China y a Rusia. No se trata de que Estados Unidos pidiera permiso, pero en este contexto global es muy difícil que pudiera agredir a un socio comercial de China y a un aliado ruso sin que ambos gobiernos no estuvieran al tanto de lo que iba a pasar.

La escasa reacción de las Fuerzas Armadas venezolanas, las tardías declaraciones de repudio y de condena evidencian un panorama sórdido que produce más interrogantes que certezas. No obstante, el secuestro de Maduro reviste características groseras y pone de manifiesto que su figura no era demasiado respetada a nivel mundial. En el plano interno, previo a los hechos del sábado, la cúpula de las Fuerzas Armadas mostraba malestar con el presidente ante su falta de conciencia estratégica para afrontar las amenazas de Trump.

La asunción de Delcy Rodríguez como presidenta de Venezuela y la decisión de la gerencia estadounidense de no erigir a la oposición en el gobierno le abren el juego a la especulación y a las hipótesis que hacen referencia a la traición interna. Sin embargo, es sabido que en los días previos al ataque de Estados Unidos la actual mandataria chavista mantuvo fluidas charlas con el Kremlin, lo que repitió en las últimas horas. La respuesta de Moscú habría sido que evite una escalada del conflicto.

El oro negro 

La libertad dejó de ser un hecho de la realización social para convertirse en una consigna vacía. Solo existe una posibilidad para la coyuntura actual y es la Libertad de Mercado. Pero esta noción no es más que la justificación de una nueva forma de dictadura que echa raíces en el dogma materialista que avala la dependencia y la recolonización. En el marco de la Guerra Económica, la titular del Comando Sur, Laura Richardson, lo había anticipado: Bolivia, Argentina y Chile conforman el triángulo del litio y Estados Unidos quiere esos recursos. Hoy, en Venezuela, se apropia del petróleo.

El país caribeño ostenta la mayor reserva probada de petróleo del mundo, con un equivalente a 303.000 millones de barriles. Lo sigue Arabia Saudita, socio de Estados Unidos, con 267.000. Irán, otro país hostigado —a través de Israel por Trump—, ocupa el tercer lugar con 209.000 millones. En tanto, las reservas de Estados Unidos alcanzan apenas los 45.000 millones de barriles.

Estas reservas se encuentran en la Faja del Orinoco, compuestas en su mayoría por crudo pesado y ácido. La cuenca concentra el 90% del crudo extra-pesado del mundo. No obstante, solo se ha explotado el 3% de la producción de oro negro; por lo tanto, el negocio es óptimo para Trump y las empresas estadounidenses. Como empresario, sabe que es una oportunidad inigualable para afrontar la crisis económica interna. Pero no todo es tan fácil.

Las fuerzas invasoras entraron y se fueron de Venezuela. No se quedaron, al menos, no de manera notoria. Es obvio que la CIA continúa con la operación en territorio venezolano, sobre todo, después de que Trump amenazó a Gustavo Petro, presidente de Colombia. Hasta el momento, Estados Unidos no tiene injerencia en el territorio y hay que ver qué tanto influye en el gobierno actual. Por eso, el republicano no descartó una nueva operación.

La libertad de no tener libertad

La ausencia de una estrategia soberana continental asintió y naturalizó la intervención anglo-estadounidense en el continente. La ocupación británica en Malvinas cuenta con la anuencia de Estados Unidos, pero el reclamo por la soberanía nacional solo alcanzó ribetes formales. No hubo una contraposición sustentable a la agresión del bloque colonizador en defensa de los intereses americanos. Por el contrario, la fragmentación y el sálvese quien pueda derivaron en alianzas que posibilitaron la integración vertical en detrimento de la independencia de los distintos países que conforman la América Hispana.

Al mismo tiempo, el progresismo se ocupó de menoscabar la geopolítica y juzgó las acciones políticas desde lecturas moralizantes. Por otro lado, la visión desenfocada y el pensamiento influido por la pedagogía civilizatoria europea y estadounidense no permitieron desentrañar la estructura de dominación que actúa como yunque sobre las políticas locales. Hispanoamérica ya no se ve como un nosotros, sino que es la suma de individualidades que, al mismo tiempo, han perdido identidad nacional.

No hay soberanía sin Patria. La gravedad de los hechos que encuadran a Venezuela desnuda las falencias de las “revoluciones” sobredimensionadas que terminan por gestar “proyectos” coyunturales e inconclusos. Esto termina por crear agujeros por donde se filtra el programa recolonizador del enemigo que atenta contra la libertad y contra la democracia. Ahora bien, tanto la libertad como la democracia están en cuestión. Después del acto del último sábado, ambas nociones, amén de quedar deshilachadas por la apropiación liberal, pierden valor social.

Estados Unidos dejó en claro que su proyecto para América Latina es el de la subordinación, el de la sujeción, el del retroceso. Esta vez su injerencia es mucho más letal. Sobre todo, porque subsiste un cambio cultural que legitima su acción en nombre de falsos postulados. Si un venezolano, que vive en Argentina, celebra que su país sea bombardeado es porque la cultura anglosajona colonizó cuerpos y mentes. Esta, quizá, sea la pelea más dura que se deba dar.

Ya en 1952 Perón aseguró que “la defensa de América Latina solo puede ser realizada por la América Latina. Nadie podrá realizarla en su reemplazo en forma que tenga algo que agradecer”. Más adelante, sostuvo: “la deformación que los intereses subalternos introducen en la política interior de las naciones, entroniza a hombres indignos e incapaces, y el mal que estos dirigentes pueden producir está en razón directa con el poder del país que los exalta”.

América Latina vive un punto de inflexión; la gravedad de la situación interpela al conjunto de los sectores populares, pero la sensación es que por el momento poco se puede hacer. Las declaraciones sirven, pero no resuelven la cuestión de fondo. Al mismo tiempo, la propaganda minimiza los efectos del golpe con distracciones que impactan sobre el pensamiento del hombre común. Nada de lo que ocurre está librado al azar: estamos en medio de una guerra que tiene como objetivo quebrar la voluntad de los pueblos y la disolución de las naciones.

La pregunta es si la dirigencia política está dispuesta a dar pelea o simplemente recurrirá a la retórica como ejemplo de pasividad para garantizar su supervivencia, mientras el pueblo ve cómo su condición de vida se deteriora en pos del enriquecimiento de los intereses de la recolonización. Lo único que está claro es que Estados Unidos es el enemigo de los pueblos libres americanos.

 

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