Fuego en la Colmena: contra la insectificación

Por Gustavo Ramírez 

 

«Dulce niño en el tiempo, tu verás la linea / La linea que esta dibujada entre lo Bueno y lo Malo / Ve al hombre ciego, disparando al mundo»

Deep Purple

El liberalismo es totalitarismo. Se apropia del sentido común. Alista sus armas y, en la trinchera de las vanidades que ostenta la sociedad sobrematerializada, dispara. Gases lacrimógenos, balas de goma, medidas económicas y políticas. No apunta al cuerpo, lo hace a la cabeza. No busca herir, quiere matar. Acecha en las sombras, camuflado de civilidad. La oscuridad confunde. En ella no se logra distinguir lo bueno de lo malo. Solo se puede percibir el hedor de sus fuerzas.

El juego es «la ruleta rusa». Pero Milei no apunta a su propia cabeza. El miedo del riesgo lo paraliza. Así que recurre a los apólogos de la violencia para garantizarse que la amenaza sea efectiva. Ellos se encargan de apuntar a nuestras cabezas. Es el régimen de la Colmena. Un espacio frío, húmedo, ceñido a la oscura apatía del desapego y aferrado a la maquinaria de sentido. Allí el relato único es lo que prevalece. El individuo pierde su identidad. Se sujeta a lo único que parece quedarle: la supervivencia de lo material. El sueño del ascenso social por medio del consumo se transforma en una idea de vida y, finalmente, ocurre lo que a tientas parece inevitable: el hombre se insectifica.

La ley de reforma laboral, la ley de baja de imputabilidad, la ley de Glaciares, son elementos jurídicos de la Colmena que permiten legitimar la deshumanización y la insectificación de la política. El disciplinamiento y la sujeción de la clase trabajadora, la demagogia punitiva que criminaliza a la infancia y la destitución de los recursos naturales como bastión de la soberanía nacional, representan la supremacía de la colonización en la Colmena. Nadie es libre por sí mismo, solo es libre si lo afirma la narrativa. En la Colmena, la ficción conduce.

Abolir la Justicia Social es necesario para fundamentar la imposibilidad de realización social. En la Colmena, no solo mandan unos pocos, sino que además viven de la renta que les otorga su posibilidad de vivir del trabajo de otros. El insectificado asiente esta condición sin consciencia plena de cuál es su rol en el juego. El buen vivir no puede ser para todos. Esa totalidad no es una razón civilizada. Por lo tanto, el descarte es imprescindible. Los insectos no tienen derecho alguno y merecen ser despojados de toda dignidad.

La única verdad es el relato. El mensaje es la narrativa. La totalidad es vacía porque la Colmena no es una comunidad. Es el bastión de la esclavitud del iluminismo liberal que ahora cobra fuerza mesiánica en boca de Judas disfrazados de pastores de la buena fortuna. El ser insectificado no está en condiciones de elegir. Obedece, replica, reproduce, se somete, se garantiza la supervivencia en tanto y en cuanto puede devorarse al próximo, al que está más cerca. En la Colmena es aceptada la competencia. El insecto es darwiniano, como el liberalismo. Así que debe ejercer el individualismo extremo y, si puede, devorarse a su competidor. No hay reglas, todo está permitido. ¡La desunión hace la fuerza!

Vivir afuera de la Colmena tiene sus riesgos. El régimen le declara la guerra a quien no acepte sus reglas. Incluso, si lo tiene demasiado cerca, lo obliga a jugar a «la ruleta rusa». Gatilla una vez y otra y otra más. Quien vive fuera de la Colmena lo hace en comunidad, busca la realización social en la felicidad y representa una amenaza para las fuerzas del régimen. Ha sido inmunes a la insectificación. Pero se ha convertido en enemigo del liberalismo. E incivilizado. El obstáculo para que unos pocos puedan vivir bien a costa de muchos.

La barbarie de los civilizados 

En la puerta del supermercado chino del barrio, en Crucecita, Avellaneda, una pareja no mayor de treinta años, con su bebita de meses en brazos, no pide plata. Pide, por favor, que le compremos algo para comer. Esa postal, por sí sola, desarticula el relato mileísta que esta semana se propagó en el Congreso en boca de la exegeta de la violencia, Patricia Bullrich. La mujer que no tiene alma ni banderas cree conocer la verdad del pueblo trabajador instalando mentiras. Así justifica la violencia contra la clase trabajadora.

Hay más. Mucho más. En medio de la movilización del último miércoles, en Plaza de los Dos Congresos, se vio a mucha gente juntando latitas. El día no estuvo hecho. Pero algo es algo en el desierto de la escasez. No obstante, esas personas atravesaban la multitud como fantasmas del futuro. Cuando la represión comenzó, ellos se ocultaron del presente. Nadie sabe bien a dónde van. Pero están ahí, presentes.

Miércoles 11 de febrero de 2026. La fecha quedará inscripta en el calendario de la memoria histórica, como la del Día de la Traición. Gobernadores y senadores eligieron la bolsa con las 30 monedas de plata y aceptaron, una vez más, crucificar a la clase trabajadora. Aprobaron una reforma laboral que solo es útil a los intereses de la Colmena y de la colonización. Eligieron destruirle la vida a millones de trabajadores a cambio de tener un lugar en la historia como insectos, como parásitos.

Días atrás, en el cruce de la avenida Pueyrredón con Valentín Gómez, un muchacho de no más de 30 años vende unas riestras de ajo, morrones y limones. Una policía de la ciudad, corpulenta y prepotente, lo increpa. Un oficial sin uniforme formal y sin identificación formal lo aprieta. El «pibe» está acosado. Pide, por favor, que no le lleven la mercadería. Ruega. Los custodios de los fariseos lo miran con desprecio.

Claro, ellos, también insectificados, no tienen conciencia de que pertenecen a la misma clase social. El muchacho implora. Solo quiere salvar su «mercadería». Es lo único que le queda en la calle. Los «polis» se muestran intransigentes y hostiles. Muy hostiles. El odio se ve en sus ojos y se escucha a través de los sonidos que emiten sus gargantas. Son lúmpenes que sirven al régimen lumpen. Los de azul nunca son los buenos.

En el relato liberal, los malos son los trabajadores, sus organizaciones sindicales y su representación política. Los buenos, los que explotan a la clase trabajadora. Es la ruleta rusa. Un disparo al agujero del cielo, la diáspora de la Colmena. Decime en qué actividad trabajás y te diré cómo te van a destruir. No, no se trata de tiros al aire. Los mileístas están en guerra. Tiran a matar. Disparan mentiras que replican los ejércitos de propagandistas insectificados.

 

La civilidad de los bárbaros

 

«Niño que te salvan de las aguas
¿Por qué te salvan, niño, niño?
Vox Die 

El algoritmo de la vanidad desidentifica. El proceso de naturalización de la desnacionalización encontró su propio lenguaje en la integración vertical de la globalización con la escena local. La raigambre liberal de la democracia eclosionó a través de la cristalización de la identidad popular. Se fragmentó el Ser nacional en miles de partículas de identidades minoritarias que desmembraron el sentido de pertenencia de la comunidad y de la clase trabajadora. La guerra es también cultural.

La raíz del avance libertario con la reforma laboral y la ley de baja de imputabilidad está ceñida a la derrota electoral de octubre del 2025. La dirigencia política decidió ponderar su vanidad y eligió no anteponer los intereses patrióticos por delante. Lo que no se llegó a comprender entonces, y se visualiza ahora, es que el triunfo libertario se convirtió en un abandono político de las luchas sindicales que se llevaron adelante hasta entonces. La abdicación de esa dirigencia al peronismo dejó solo al Movimiento Obrero, que ahora debe cargar con su propia piedra de Sísifo para que el liberalismo no se lo lleve por delante.

«En la nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños», dice una de las 20 verdades peronistas. ¿Por qué muchos decidieron dejarla de lado? Esos mismos son los que decidieron insectificarse en nombre del personalismo y cambiaron bronca por lástima. En nuestro país, más de la mitad de los pibes, pibas y adolescentes son pobres. La mayoría de esos pibes no puede ver a sus padres integrados a la cultura del trabajo. Sus abuelos, después de vivir el esplendor justicialista, murieron pobres y olvidados.

La propaganda cultural de los medios empresariales: el gobierno, la Colmena, la ruleta rusa. El pedido progresista de empatía. La resiliencia con la Colmena. Esa estructura celebra que millones de chicos en la Argentina solo puedan comer si van a un comedor popular. Las personas que los asisten son violentadas por la policía en cada manifestación. La ruleta rusa naturalizada. Mientras tanto, crece la mortalidad infantil y cae la tasa de natalidad. Pero el atajo político de la colonia es lumpenizar la pobreza y criminalizar a la infancia. El falso manto de la seguridad encubre la crisis social y el relato vuelve a ganar: se impone la demagogia punitiva.

El liberalismo es totalitario. Es nihilista. Cree en el mercado, no en las personas. Por eso, 42 senadores decidieron el último miércoles condenar a millones de trabajadores. Del mismo modo, 149 diputados nacionales decidieron bajar la edad de imputabilidad a 14 años, cuando el delito que involucra a menores apenas alcanza al 2%. El relato, la Colmena, la ruleta rusa, la propaganda, la mentira, la insectificación.

Nuestra sangre volvió a ser derramada y con ella la de miles de trabajadores y niños que no han doblegado. Ellos nos exigen que tengamos presente que «en esta tierra lo mejor que tenemos es el Pueblo». No olvidar implica más que resistir. Es la vindicación de la identidad. La movilización popular está ahí. No se inmola, pero no retrocede. El Movimiento Obrero respira y su ontología se define en la historia y no por la catadura de los iluminados que claman paros que no están dispuestos a acatar, simplemente porque ellos son parte de la Colmena como seres insectificados.

Si en las puertas del Congreso los trabajadores leen el verso del Dante: «Dejad toda esperanza, los que entráis aquí», encuentran una definición contraria al ingresar a los sindicatos. Las organizaciones sindicales combaten a la Colmena y al ejército de insectificados con la realización colectiva de la justicia. No se trata de añorar lo que no sucedió. Se trata de comprender la causa y de saber quién es el enemigo real. El contragolpe no se puede ejecutar sin la fortaleza del Movimiento Obrero organizado: «La razón de ser de un sindicato es una sola: unirse todos, para defender los intereses de todos».

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