“La marcha fatigosa y rápida de la evolución social, como de la económica, han transformado los habituales paisajes de la conciencia”.
Juan Domingo Perón, La Comunidad Organizada
La democracia liberal argentina está rota. El mileísmo se encargó de darle el toque de gracia. En este escenario, la dirigencia política finge demencia senil y sostiene su alejamiento con las bases populares. Lo ocurrido el último miércoles en el recinto del Congreso es un ejemplo significativo de un síntoma que denota el grado de la patología. El retroceso se agudiza en la medida en que el grado de disolución nacional aumenta.
La estrategia del caos rinde sus frutos, sobre todo cuando es fogoneada por medios que son afines al régimen, sean desde la falange reaccionaria o desde su columna liberal progresista. A la confusión generalizada la amplifican un puñado de idiotas útiles que se nutren del sentido común para efectivizar actos de piratería con patentes de corso.
El montaje circense dentro del recinto de la Cámara de Diputados fue la prolongación de la mediación sangrienta que la semana pasada propuso Patricia Bullrich, cuando decidió iniciar una guerra contra los sectores populares. A la cacería del miércoles 12 de marzo se le sumó la ignominia de la traición libertaria, que, en nombre de una falsa argentinidad, desguaza al país para satisfacer las demandas hedonistas de la oligarquía financiera global.
Diputados del PRO, la UCR, la Coalición Cívica y de esa pantomima que se denomina peronismo disidente legitimaron la expoliación del patrimonio nacional, esquilmando no solo el capital simbólico, sino también el efectivo de lo nacional. El paroxismo de la dependencia a través de la aniquilación de la conciencia ética del funcionario público. La “camarilla política” que “abolió la democracia” en nuestro país.
La unidad situada
El miedo carece de efecto cuando las convicciones se arraigan en la conciencia nacional. Si hay algo en lo que no reparan los políticos del régimen, como los del mismo “campo”, es en la ética del pueblo como validación de la fuerza popular. La marca de sangre que Patricia Bullrich dejó en las calles la semana pasada, las amenazas fascistas esparcidas por los altavoces de las estaciones de trenes y subtes y los piquetes policiales como rémora de la Dictadura no impidieron que la movilización del último miércoles fuera mucho más nutrida e intensa.
La exministra de la Alianza, que entonces (como hoy) embistió a los jubilados, se ganó el desprecio popular. Las columnas no titubearon: entraron a la Plaza de los Dos Congresos al canto de “¡Patricia Bullrich, la puta que te parió!”. La más sonora fue la de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte, que estuvo encabezada por su secretario general, Juan Carlos Schmid, y por Octavio Argüello, uno de los triunviros de la CGT, entre otros dirigentes sindicales.
Sobre Hipólito Yrigoyen, la columna de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular estuvo encabezada por la Virgen de Luján. Su imagen fue acompañada por un cartelito humilde como sentido que rezaba: “¡Fuerza! Pablo Grillo”. Debajo de él, una imagen de Evita. Quizá en esa imagen se situó la síntesis de la jornada de lucha: organización, encuentro, unidad, solidaridad y fe popular. La Tierra, el Techo y el Trabajo.
No había miedo ni tensión en el aire, aunque nadie estaba con la guardia baja. En un momento, las columnas se entremezclaron en la celebración del encuentro. Si algún desprevenido pregunta qué es la unidad de concepción en estas marchas, encontrará la respuesta: es el pueblo situado, es la “unidad” también situada. Es la celebración de no padecer la resignación. Es no claudicar, no rendirse. Es la convicción de estar juntos y de sostener la identidad patriótica en la diferencia. Es hacer carne el “nadie se salva solo” de Francisco.
“Yo estoy acá principalmente por mi vieja. Mi vieja cobra la mínima. Lo que ocurre con los jubilados es una afrenta democrática en este país. Ningún gobierno ha resuelto el tema de los jubilados, siempre han sido víctimas de los planes de ajuste y el espectáculo que se da adentro del Congreso Nacional es bochornoso”, explicó a este medio Schmid.
Lo que viene
Mientras en el recinto de la Cámara de Diputados los legisladores del régimen propenden a la deshumanización en nombre de la civilización materialista “insectificada” (Perón), en la calle, las organizaciones libres del pueblo dotan de sentido y de humanidad al vacío político. Los legisladores que abandonaron a la Patria y a su pueblo quedaron expuestos, aunque la propaganda del régimen invierta la carga de valor de los acontecimientos.
El oficialismo celebró una victoria pírrica de su columna colonial. Pero la conciencia popular registró en el escarceo político la derrota ideológica y práctica de Bullrich. La ministra de sangre fue obligada a retroceder y a abandonar su vocación represiva. No quiere decir que no lo vuelva a hacer: la inestabilidad emocional de la funcionaria puede tener arrebatos irracionales que la lleven a operar en la ilegalidad. Después de todo, su biografía está construida a base de traiciones y de sangre. Lo concreto es que su posición está expuesta y es rechazada por una abrumadora mayoría social. Desde ahora, moverse para reprimir no le será tan fácil.
Este jueves, el Consejo Directivo de la CGT definirá la fecha del paro nacional. Como siempre pasa en estos casos, las operaciones del progresismo liberal y de los sectores reaccionarios se unifican para bajarle el precio a las decisiones de la Central. Según Octavio Argüello, el paro general está firme. Lo real y concreto es que la conducción cegetista no tiene margen para eludir su responsabilidad histórica.
Antes del paro general, está la movilización del 24 de marzo. De acuerdo con las circunstancias actuales, la misma, según se proyecta, será masiva. Por primera vez en mucho tiempo, habrá una sola marcha, aunque cada sector tendrá su espacio. El peso específico de la fecha y de la movilización implican una interpelación directa al sistema político. La ruptura de la democracia liberal y el envejecimiento del contrato social traslucen el fin de una etapa. El aceleracionismo mileísta se agotó demasiado rápido; las acciones “callejeras” empiezan a lastimarlo tanto como su rancia política económica.
Sin tregua
Está claro que con la calle sola no alcanza, con un paro general tampoco. Ambas acciones deben estar acompañadas de acciones políticas determinadas a potenciarlas, no como mero tributo electoral, sino como ofensiva para retornar al camino de la causa, que es la liberación nacional y la felicidad del pueblo. Razones tan patrióticas como ontológicas. No obstante, la dirigencia política propia continúa en su jaula de cristal; desde allí activa el pregón electoral y sigue sin sintonizar con las bases.
Lejos de la unidad que persiste en el campo de batalla, la superestructura se esfuerza por encuadrarse en la lógica del voto, mientras la situación partidaria se debilita, encastrada en resoluciones burocráticas como el cierre de alianzas y la ronda de candidatos. La fragmentación y el sectarismo se imponen sin prestar atención, una vez más, a lo que las bases y las organizaciones libres del pueblo tienen para decir y para dar.
Estas organizaciones son precisamente las que entienden que la lucha recién comienza y será larga. Al mismo tiempo, comprenden que tendrán que dar pelea solas, es decir, sin la superestructura. Ahora bien, si la dirigencia política sigue alejada del frente de batalla, tendrá que asumir el costo de su indiferencia y de la decisión de abandonar a las bases. En las últimas movilizaciones, la ausencia de la “política” fue notoria. No se pueden ganar batallas que no se dan. La calle vuelve a hablar; quien no la escuche solo demostrará su vocación mesiánica y su decisión de ser funcional al régimen.
Es, una vez más, la clase trabajadora la que se pone a la cabeza del proceso de resistencia sin replegarse. Lo que se exige es tomar la ofensiva. El gobierno hace tiempo le declaró la guerra y, desde el territorio, aunque hubo repliegue de fuerzas, nadie se dio por derrotado. No alcanza con que Sergio Massa, desde un escenario ornado al estilo estadounidense, imponga a un candidato radical liberal en la Ciudad. Hay que estar en el frente. En la retaguardia, la valentía es similar a la cobardía del enemigo.
La fría razón de los materialistas desconoce las heridas en el corazón de los más humildes. La superestructura política manda al pueblo a dar peleas que ella no desea dar, pero después demanda votos. “Los ambiciosos son fríos como culebras, pero saben disimular demasiado bien. Son enemigos del pueblo porque ellos no servirán jamás sino a sus intereses personales”, expuso Evita.
Es la hora de escuchar y entender al pueblo.
20/3/2025
