Brasil y más allá
El resultado de la primera vuelta electoral de Brasil, genera un sinfín de opiniones de todo tipo. Incluido cierto pesimismo de sectores políticos que suelen señalar a la economía como origen de todos los males. Lo cual no deja de ser cierto, pero no es único. Las preocupaciones de los pueblos del sur, no se resumen en la preocupación acerca de la macroeconomía, el déficit fiscal, las inversiones extranjeras (una falsedad) y la inflación. En pocas ocasiones, aluden al tema de la cultura porque la cultura, está escasamente considerada en el ámbito de las preocupaciones de los colectivos políticos.
Sin embargo, los supremos especialistas, esa suerte de seudo sacerdotes de la revelación financiera, aluden a significantes que pueden relacionarse a la cultura que inciden en el actual estado de cosas. Así aluden, por ejemplo, a la guerra cognitiva, la injerencia de Estados, que es en gran medida cultural y la manipulación de las bandas de pentecostales montados sobre un discurso de falsa religiosidad que cuentan en sus filas, entra otros, a la iglesia universal que se ha visto relacionada en Brasil, a los carteles. Lo cual es correcto.
La injerencia de los Estados Unidos tiene diferentes matices, uno importante es el de redes corporativas de uso social, que sobrecargan con su mensaje de violencia desde las plataformas aplicadas a la tevé, donde imponen sus películas (basta observar en las cadenas la supremacía de pésimas películas con altos grados de violencia y escenario con primacía norteamericana o europea de modo permanente). En las mismas redes imponen cantantes que siguen el canon de imposición, y sacan del juego a las expresiones populares locales.
En las radios de la CABA (en gran medida europortuaria y superior en su autopercepción) no hay prácticamente, canciones de Yupanqui, Mercedes Sosa y en general, tango y folklore, que se resumen a programaciones específicas. Las canciones en inglés abundan como faltan la difusión de libros, obras pictóricas o cine nacional diverso, con poca exposición en los medios. Es decir que la penetración cultural como acción de carácter militar se sostiene desde los mismos medios y los difusores, muchas veces críticos de la política. Se transforman así los usos idiomáticos, la glorificación del fanatismo, una creación de Goebbels recuperada por el tecnofeudalismo neonazi que hasta se recibe con alegría.
Esa es la tarea de cada día en la que hay participación inconsciente, a veces acomodaticia y que penetra, además, porque se pierde la territorialidad a la hora de hacer política. Se jerarquiza a veces militar entre militantes en la militancia, dejando de lado la acción en el seno del pueblo. La iglesia católica dio un ejemplo reciente en la marcha a Luján, donde nadie puede imaginar que movilizara a casi tres millones de personas debido a la lluvia porque, de lo contrario, la cifra sería superior. La tarea diaria en el cuerpo a cuerpo del pueblo tiene otro significado. Si se deja esa labor a las redes corporativas, los resultados están a la vista porque hoy un modo de construcción común o el otro. El activismo como fin en sí mismo ha fracasado porque para sustentar una pertenencia cerrada, se debe negar al otro, que es el pueblo. Las redes corporativas son útiles sobre la base del uso común, profundo, a partir de la pertenencia en el día a día de la política y la cultura del encuentro.
Tierras raras, sucesos extraños
Hay un dato curioso en lo sucedido en Brasil, que no es observado como merece: Trump no se expidió en la parte final de las elecciones a favor de Bolsonaro y cabe estudiar es actitud. Si se ideologiza en términos cerrados, es más fácil pero no menos certero el análisis. Trump precisa acceder a yacimientos de hidrocarburos de Brasil, en particular los del denominado presal, que es la capa geológica que, ubicada en el subsuelo de la sal, el mar, que llevan al petróleo, más tierras raras, fértiles y biodiversidad. Eso en el marco del control geopolítico que puede ejercer en ese país. El camino, sin embargo, parte de lograr el quiebre político de una población que conduce a episodios como el del fin de semana electoral.
El vínculo religión y política es central en Brasil, en los años de la dictadura militar que terminó en 1980, en Brasil cerca del 90 por ciento de su población era católica. En el siglo XIX, el noreste de Brasil y el sur fue epicentro de insurrecciones populares vinculadas a su cultura local, lo cual en el sur tuvo nuevas expresiones que llevaron al poder a Getulio Vargas, el artífice de grandes cambios abortados en el tiempo, que dejan rastros que hoy representa Lula. Las ideas mesiánicas sustituyen hoy en parte a la religiosidad católica y mientras crecía una parte importante de la corporación política, se preocupaba por la economía en los términos en los que la traza el modelo de penetración.
Hoy el abstencionismo expresa el cambio cultural en los 33 millones de brasileños que no votaron. En el noroeste el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) tuvo un singular peso electoral y alcanzó la relección de varios gobernadores del noreste y ocho parlamentarios con su esforzada labor territorial. No se desconocen allí los términos de la economía, pero se trabaja cuerpo a cuerpo, en una cultura de pertenencia que sostiene los lazos históricos en presente y los proyecta hacia el futuro en una apuesta por la esperanza.
Dos datos de España
En España, la cultura de la resistencia produjo un hecho inesperado y dio vuelta el mapa político de un plumazo. La crisis de 2008 dejó a miles de propietarios en la calle debido a un recambio en la usura (llamada especulación por los más educados) y los cárteles de la vivienda, fondos de inversión inmobiliarios, se arrojó a la calle a miles de propietarios convertidos en inquilinos sometidos a intereses sin ley que, a su vez, los llevaron otra vez a la calle. La ley del especulador fanático (bien cabe aquí el término acuñado por los nazis) conduce a la cultura de violencia para realizar el desahucio. De acuerdo a cifras del Banco de España, informe anual 2025, hay cerca de un millón de viviendas que salen del mercado del alquiler y van a la renta pura en un punto máximo de poder financiero expropiador.
La cultura que crea el modelo, es la del ex ciudadano desposeído de sus derechos mínimos, llevado a los extremos del dolor y la muerte. Solo la alcaldesa Ana Botella, puso a precio de saldo a manos del fondo de inversión Blackstone, casi dos mil viviendas de protección social construidas por el estado. Estos hechos no son exclusivamente económicos. sino que construyen una cultura del despojo que niega de lleno la humanidad. No está mal recordar que estas políticas, se iniciaron con el gobierno de Felipe González, otra curiosidad.
Maricarmen Abascal, mujer de 87 años expulsada de su vivienda en la que llevaba unos setenta años, regresó luego de ser humillada por los usureros corporativos, y produjo una crisis que se extiende a toda España, llevando además al gobierno de Pedro Sánchez, a llamar a elecciones anticipadas. Otra vez la cultura popular de la rebelión ciudadana haciendo de las suyas y llamando a repensar que hacer en este instante tan particular del mundo.
Por Alejandro Tarruella 
