Hace tiempo que, en América Latina, los “Movimientos Nacionales” han declinado en su identidad y cedieron su representación al progresismo liberal, el mismo, al asumir una conducción sectorial y segmentada, rechazó de plano la configuración nacional que da contenido y razón de ser a los enclaves políticos que en otros tiempos supieron luchar por la liberación. La región se convirtió en un campo abierto, fraccionado en compartimentos estancos, donde la razón soberana quedó empantanada en desiertos narrativos donde la realidad de las personas en situación de pobreza y la de los trabajadores cambió muy poco.
América Latina abandonó la idea de bloque continental para replegarse sobre localismos que adoptaron al materialismo en sus diversas variantes, al mismo tiempo que vaciaron de contenido su razón de ser. La partidocracia local desconfiguró el mapa de integridad espiritual que permitía la interpelación mano a mano con el pueblo, con el hombre y la mujer de a pie. El sobregiro ideológico compuso un mapa distorsionado de la territorialidad que muchos dirigentes políticos no solo desconocen, sino que no entienden.
Los partidos progresistas se contentaron con mantener el statu quo de fondo sin promover cambios estructurales. Por otro lado, permitieron que el andamiaje cultural quede en manos de sectores que se autoperciben esclarecidos con su propia versión histórica, pero con una intención bien definida: promover la subordinación de los más humildes y de los trabajadores a las estructuras políticas y a las condiciones materiales. En la sumatoria, el resultado fue obvio. Se abonó el terreno de la derrota electoral constante frente a una crisis prolongada de identidad. Los sectores populares no experimentaron, en los últimos años, la movilidad social ascendente ni atravesaron la experiencia histórica del trabajo. Quedaron atrapados entre la supervivencia y el asistencialismo, mientras el “progresismo liberal” incentivó liderazgos pasajeros, sin programas estratégicos nacionales.
La debilidad de la partidocracia posibilitó la injerencia de la estructura imperial recolonizadora. En principio, porque no se intentó modificar el tutelaje económico y después porque no se logró comprender la dimensión de la disputa geopolítica. América Latina no se entendió como continente del Sur Global, aceptó con resignación la determinación de su deber ser como continente atrasado, dependiente, en condición permanente de semicolonialidad. Las democracias liberales no dieron respuestas de fondo, más bien obraron como una trampa que condicionó a sus pueblos a través de los vaivenes sistemáticos de las crisis permanentes. Las oligarquías locales replicaron su estrategia en la mayoría de los países y el progresismo se conformó con manejar una agenda de minorías. El liberalismo no solo ganó elecciones, elaboró un proyecto sustentable de dominación social, económica y cultural por medio del ejercicio de una política violenta que le abrió paso a la intransigencia ideológica y a la disolución nacional y continental.
Milei en Argentina y los Bolsonaro en Brasil no son un experimento. Son la consecuencia dramática del régimen de dependencia, del estatuto del coloniaje. El despliegue discursivo sobre la defensa de la soberanía se implantó como una cáscara vacía que no parece tener significado para el trabajador y para el pobre. Esto implicó el vaciamiento de la consciencia histórica y nacional a partir de la legitimación de la globalización totalizante y materialista. El pregón keynesiano del progresismo liberal puso en el centro de la escena social al consumo, mientras desplazó al trabajo, lo cual derivó, asimismo, en la disolución de la comunidad. El empresario del Yo le abrió las puertas al individualismo extremo y al materialismo radical.
Las reales consecuencias de la desintegración regional pueden observarse en países como Haití, El Salvador, Venezuela, Honduras, Panamá, Colombia y, ahora, Argentina y Brasil. Es curioso que los paladines de la democracia, así como las izquierdas (antinacionales), carecieran de reacción alguna frente a la invasión de terreno venezolano que terminó con la destitución y el secuestro de Nicolás Maduro. No hay quien, en el continente, levante, al menos, la voz por los padecimientos del pueblo haitiano. Para los “salvajes” domesticados es más razonable levantar el dedo índice para defender a Cuba, pero hasta ahí. A grandes rasgos, lo que se evidencia es que América Latina no tiene proyecto de liberación continental.
Por otro lado, en términos locales, existe un desconocimiento tan real como profundo de las necesidades del pueblo. Si nos situamos en Argentina, el programa de disolución nacional parte de la concepción histórica de intentar comprender la situación general desde Buenos Aires. Esto no es nuevo, comenzó en 1852, continuó en 1955, se prolongó en 1976 y se afianzó en 1990. No obstante, al mismo tiempo, existe una gran parte de la población que habita el territorio de la provincia de Buenos Aires y de la Capital, que vive en condiciones de precarización permanente sobre la cual la política, en general, no tiene ningún tipo de influencia. Por lo tanto, la desintegración nacional no es solo material —vale decir que los distintos procesos de desindustrialización tuvieron un impacto devastador sobre la comunidad nacional y dieron paso a una estructura de sometimiento económico, social y cultural que no se podrá revertir en un período breve—, sino también espiritual.
No obstante, es necesario apreciar que existen distinciones. Mientras la dirigencia política resigna identidad para justificar las acciones de coyuntura y sostener al régimen de dependencia, el pueblo pelea a su modo y con sus armas, por no perder del todo la potestad sobre sus valores y sus principios morales y culturales. Por eso, la soberanía nacional no es una declamación abstracta. Millones de personas se movilizaron durante la despedida del Indio Solari, otro tanto pasó durante el Mundial, con el partido contra Inglaterra y el símbolo elevado de la bandera donde se ratificó que las Malvinas son argentinas, y lo mismo ocurrió con la peregrinación a Luján. La sociología académica queda desencajada frente a estos actos de sublevación popular. No los puede explicar porque no los comprende. Algo similar ocurre con la dirigencia política. A estas movilizaciones hay que agregarles las acciones del Movimiento Obrero que no suelen distinguirse como triunfos populares, simplemente, porque el progresismo liberal y los sectores reaccionarios no van a reconocer la identidad nacional del pueblo.
No se trata de armar un rompecabezas. Los materialistas desconocen las virtudes populares porque el nihilismo les da un marco de contención racional que les permite justificar la dependencia y su lugar en el esquema colonial. Puede que el pueblo se manifieste en contradicciones, pero el problema no está ahí precisamente: el problema es político, social, cultural e incluso ético. Quienes son elegidos para conducir los procesos políticos suelen alejarse de las condiciones en las que vive el elector. La representación queda encastrada en decisiones que no distinguen, adrede, las necesidades de la población de las necesidades de los explotadores. Donde gana el materialismo pierde el trabajador, pierde el pobre y pierde el país.
Por otro lado, el terreno geopolítico que a priori resulta complejo también tiene una sobrecarga mítica. La injerencia de Estados Unidos en el continente no responde a la insensibilidad de la derecha republicana, sino más bien a un nuevo orden global que ya no es tan nuevo ni novedoso. Las tensiones internacionales ponen en jaque a la democracia liberal occidental y, de cierta manera, reordenan el dominio territorial y material. Trump no está loco. Responde a la vieja lógica imperial que rige al Estado profundo del nacionalismo estadounidense. De la misma manera que Milei y Bolsonaro actúan como agentes de la oligarquía local e internacional.
Los Estados Unidos ya no son la policía del mundo, aunque aparenten serlo. Derrotados en los frentes de Eurasia y de Medio Oriente, la decisión es replegarse sobre su zona de influencia: América Latina. Quienes crean que esta situación va a cambiar con un triunfo demócrata en las elecciones de noviembre se equivocan porque han trazado un diagnóstico equivocado al situar la disputa en la falsa avanzada de las derechas en el mundo. Simplemente porque la derecha y la izquierda no existen como campos antagónicos, sino que hoy están integrados desde el materialismo.
Los programas de disolución nacional se proyectan en la desintegración regional. La alternancia electoral no implica que se rompa el actual estado de dominación que subyuga a los pueblos de la región. Por el contrario, en ciertos momentos, esto parece acelerarse. El liberalismo, como afirma Alexander Duguin, decidió la eliminación de la política. Esto quiere decir que no solo se trata de desvanecer los vestigios que remiten a sus enemigos, sino también del abandono de toda concepción soberana, nacional. América Latina, sus gobiernos satélites, progresistas o reaccionarios, no están dispuestos, por el momento, a incentivar políticas liberadoras, porque, aun cuando ganen elecciones, los gobernantes están derrotados de antemano al sustentar dogmas y al resignar doctrinas. La situación es compleja, pero no definitiva.
Por Gustavo Ramírez