Opinión

Verano del sur

*Por Gustavo Ramírez

I

Suele pensarse que ciertas batallas que ocurren en la macroestructura no operan, de manera determinante, sobre la cotidianeidad de territorio. La idealización del Yo social se imbrica con la materialidad política. Allí la crisis cierne su sombra en silencio y ahoga gritos desesperados que emergen de la historia.

El neoliberalismo asciende con prisa sobre las paredes de la razón económica y desbasta la superficie sociocultural de los barrios como una llama voraz que enciende la hoguera del tiempo. Lo que ocurre acontece demasiado rápido, casi imperceptible, delante de miles de millones de miradas que no logran dar cuenta de lo que observan. Hay entonces una sola razón para la velocidad furtiva del modelo: La retroalimentación del mercado.

¿Es la economía liberal el opio de los pueblos? ¿Dos más dos será realmente cuatro en la sumatoria de la depredación neoliberal? ¿Es realmente el fin de la historia o es acaso nuestra memoria que ya no retiene los nombres de las crisis?

El dispositivo social del capitalismo neoliberal no tiene zonas francas. Se apropia del territorio a la velocidad de la luz y los barrios parecen disolverse en postales sepias que ya no le importan a nadie. El Kraken tiende sus tentáculos y todo lo hace propio. Lo que disuelve en sus entrañas es la cosmogonía de la solidaridad popular, los lazos de identificación social, a unidad como sinónimo de acción. Así los barrios coloridos mutan sus paredes a un gris hielo. La fachada no es más que la entonación del desaliento. Un ideología mordaz y efectiva.

Si se elimina el vínculo social se aniquila el espíritu de lucha. Esa es la consigna kamikaze del durambarbismo. Además, la estrategia es bombardear el territorio con toda la artillería comercial que se pueda para mercantilizar la geografía. Una vez que ello ocurre no hay lugar. En el no lugar no hay existencia posible, hay deshumanización, hay sujetos convertidos en zombis, hay zombis convertidos en mano de obra barata, hay mano de obra barata convertida en carnicería lumpen. El no lugar de lo social.

 

 

II

 “La aparecida de la calle Olavarría
me hace tocar el timbre
en casas invisibles
pide gaseosas de marcas que ya no existen
en el reservado de ese bar
que cerró en mil nueve ochenta “

Rodolfo Edwards

 

Ahora es el futuro. El río está bajo. La clase trabajadora que ornó al barrio languidece ante la presencia voluptuosa de las máscaras turísticas. Drácula nos seca la garganta. Nuestra sangre no fluye como antaño. No importa. Los tiempos cambian y no siempre el pasado fue mejor. ¿Hay que aborrecerlo?

El verano suele quemar las calles de La Boca, es literal, cuando ello ocurre un profundo silencio se apodera del tiempo. Viejas caras vuelven al presente y una brisa del sur acampa en las esquinas como reliquia de la muerte.

En la esquina de Del Valle Iberlucea y Suárez muchos empezamos la historia que nacía cada domingo en la “Verdurita”, con el vermú. Con el abuelo Pedro contándole a Messina sobre la huelga en Dodero, con discusiones sobre el cinco de Boca, con diatribas socialistas y peronistas contra la Dictadura. Es curioso, La Boca siempre ostentó ser de corte Radical y, sin embargo, sus costumbres estaban marcadas por la escolástica peronista.

Pero el 19 de diciembre la Verdurita, que ahora se llamaba Ribera Sur, cerró. El aumento de las tarifas hizo imposible sostener el bar abierto. ¿Ese será el costo del mentado progreso neoliberal? Bueno, nadie lloró el cierre del viejo bar. Así que su alma pasó a ser parte de los miles de boliches que fenecieron con las distintas crisis.

Ahora la esquina luce gris hielo. A su espalda la Bombonera impone su maniquea estructura para la nueva tanda de turistas que se bajan de un micro hecho en Brasil. Mientras la “Verdurita” cerraba porque su dueño no podía pagar los servicios las empresas Edesur y Edenor aumentaron sus ganancias en un 282%. En el 2017  -nueve meses-  las ganancias fueron,  para las dos empresas, de 1.390 millones  de pesos, en los primeros nueve meses del 2018 esa cifra ascendió a 5.195 millones pesos. (Datos suministrados por OETEC)

 

 

III

“Hola oscuridad, mi vieja amiga,

He venido a hablar contigo de nuevo”

Paul Simon

 

Un vecino chusmea. Mira al tipo de bermudas floreadas que saca fotos con su celular. “Se robaron todo el PBI”, imagina uno que se repite cada mañana ese hombre al mirar televisión, antes de que le corten la luz. ¿Sabrá que, mientras su universo se derrite, la empresa energética Central Puerto S.A, de Nicolás Caputo amigo de Mauricio Macri, ganó en el 2017, 3.500 millones de pesos y que en entre enero y septiembre del 2018 sus ganancias aumentaron un 710 %?

Un grupo de turistas cruza Suarez en dirección a Caminito. Su acento es centro americano. A su lado corre un pibe que no supera los 10 años. La Boca es uno de los barrios que componen la Comuna 4, la comuna con mayor índice de mortalidad infantil de la Ciudad de Buenos Aires, 11,9%. El acceso a la educación también se ubica por debajo de la media entre un 10 y 17 %. Pero en La Boca está la Usina del Arte donde Horacio Rodríguez Larreta suele celebrarse a sí mismo y a sus acólitos del PRO. Allí nadie le recuerda lo que hizo con el Doctor Favaloro.

El dueño de Ribera Sur declaró a la prensa que las ventas de su bar habían caído de manera estrepitosa en los últimos meses, antes del 19 de diciembre. El informe del Índice de Bienestar Urbano dio cuenta que la Comuna 4 es la más afectada por el desempleo, el porcentaje llegó en el 2016 al 13,7 % según los datos estadísticos que se conocen hasta el momento. El ingreso per capita es de 610 dólares. Es el presente donde el Sur ha dejado de existir para el gobierno neoliberal de la ciudad.

 

 

IV

“Imaginarias criaturas

Son atrapadas en el celuloide”

Genesis

 

 

Vuelvo al sur. Quiero gritar un gol de Boca y no puedo, tengo un nudo en la garganta. Pero no es por los resultados deportivos. Después del bombardeo hay pocas cosas genuinas del barrio que quedan en pie. Algunos de los viejos fantasmas me salen al paso. No tenemos demasiado que decirnos. La insignia del territorio es la pipa de Nike. La marca que impuso el macrismo en el club.

El diseño de muerte del neoliberalismo se expande por el barrio y nadie se detiene a prestarle atención. Alfombras de cemento se erigen como nomenclatura del progreso. Pero el desarrollo social del barrió es un mero proyecto inmobiliario altamente expulsivo.

Con el impulso de la clase trabajadora, en los buenos años del peronismo, La Boca fue próspera. Ahora es solo un número montado en una planilla Excel. Como en todas partes se multiplican aquellos que se resisten a padecer bajo el influjo neoliberal.

Estoy parado en Olavarría y Mousy. En esa esquina había un conventillo. Ahora hay un edificio moderno a medio terminar. Ningún vecino del barrio tendrá acceso a esos lujos. Los incendios intencionales y los desalojos salvajes expulsan a los viejos habitantes del barrio hacia otras latitudes. Es una especie de genocidio social que no se percibe ante los ojos del sentido común.

Busco la casa donde crecí. Justo un par de metros más adelante sobre la calle Olavarría. Allí están los sueños que no voy a cumplir, las noches llenas de libros y cervezas, los poemas que no voy a publicar. Los recuerdos fluyen como cazadores furtivos desde las sombras del tiempo. No es nostalgia lo que me invade. Es el sabor amargo y osco de la injustica social. Cierro los ojos y el aire caliente golpea mi rostro. Entonces me acuerdo: Que lindos solían ser los veranos en La Boca.

 

 

 

*Director Periodístico de AGN Prensa Sindical.

Esta nota está dedicada a mi hermano. A mis amigos que ya no están. A Julio y a Daniel.  A la barra del Club Zárate.  A los pibes de Rocha e Irala. A mi abuelo y a mi tío. A  Valentín, el ciruja que todos queríamos en el barrio. A mis hijas y a mi hijo que tienen el alma pintada de Azul y Amarillo.

 

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