Opinión

La CGT como esperanza de la clase trabajadora.

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*Por Gustavo Ramírez

El mapa sindical comienza a modificarse. La búsqueda de consenso para consolidar una unidad amplia y compacta está en marcha. No se trata de sumar acciones voluntaristas para contraer espacios en el reducto electoral. Por el contrario, se apunta a re-construir una CGT en un marco de crisis social con un programa y un proyecto político propio. La mira tampoco está puesta el el 2019, sino en el presente que urge y quema.

La última semana fue nutritiva. El encuentro entre el MASA y el triunvirato de la CGT se destacó en términos noticiosos. Hubo otros encuentros que se encaminaron en la misma dirección. Si bien aun falta tiempo para que se decida el futuro de la Central Obrera  y su conducción, las relaciones de fuerza volvieron a cambiar. Tras la contundencia del último paro general nacional existió un reposicionamiento interno que fortaleció posturas. El sector interno liderado  por Juan Carlos Schmid demostró tener razón. No fue sólo el diagnóstico, la construcción de la medida de fuerza expuso la necesidad de comprender que los procesos no pueden estar signados por la ansiedad de los núcleos aceleracionistas. La paciencia dio sus frutos.

Son esos mismos sectores que aprietan el acelerador los que ahora han quedado por fuera del mapa. No  porque no vayan a ser parte componente de la unidad, sino porque militan – de manera errónea estratégicamente – desde cuerpos ajenos a la coyuntura orgánica de la CGT. Y resulta curioso porque esos actores podrían potenciar sus propias ambiciones con mayor fuerza desde adentro. Por el momento no emerge un liderazgo férreo que pueda demostrar estar preparado para conducir la Central Obrera en medio de una situación compleja en términos sociales.  No hay espacios homogéneos y en la heterogeneidad se fragmenta la coyuntura orgánica. Claro que existen sectores sindicales que operan como fantasmas para sacar provecho de la situación. Algo que también sucede en el terreno político.

Después del paro del 25 de junio la CGT no quedó rezagada en la lucha por la resistencia. Recobró fuerza y recuperó terreno en la calle. Sin embargo, dentro del propio campo popular, hay quienes prefieren soslayar acciones precisas para procesar las críticas por izquierda hacia la actual conducción.  Esas posiciones, afianzadas en la comodidad seudo-intelectual, pasaron por alto definiciones importantes de los últimos días que marcan un cambio interno en la Central. Se ha pensado demasiado poco que la hostilidad hacia la Confederación General del Trabajo de propios y extraños ha sido funcional al neoliberalismo. Una cosa es el debate interno y otra es el imperativo categórico de las zonceras. Las demandas, de los cuerpos exógenes al sindicalismo, operan como reacciones fragmentarias.

La corrección política suele ser un desprendimiento ideológico de la noción moral del progresismo, el mismo progresismo que en el 2015 vapuleó al candidato propio para servir a la mitología narcisista afincada en liderazgos mesiánicos que propiciaron la derrota electoral. El efecto retardatorio no se ha producido desde el ámbito sindical, es el campo político propio el que no logra especificar espacios de unidad para ponerse a la par de la lucha sindical. Por otro lado en el presenta el estadio de la resistencia gremial ha encontrado su techo. El problema y la crisis financiada por Cambiemos es netamente política y es éste espacio el que no está a la altura del proceso de resistencia es el universo político del campo nacional.

Durante los últimos días la CGT ha producido hechos políticos inmediatos. El contundente rechazo a las políticas del FMI, la adhesión a la marcha de los organismos de Derechos Humanos en rechazo a la intrusión de las Fuerzas Armadas en la seguridad interna. El acompañamiento a los trabajadores portuarios en defensa de los puestos de trabajo. El acto homenaje a Evita en el Salón Felipe Vallese. La participación en la marcha de las antorchas y en el acto de los trabajadores del Astillero Río Santiago en Ensenada.  A estos actos oficiales hay que agregarles las reuniones para construir unidad y consolidar la fortaleza de la Central. El dato es que en cada una de estas movidas el impulso ha sido motivado por Schmid. En tal sentido el dirigente ha mostrado coherencia y ha buscado la cohesión de diversos sectores.

En la mayoría de las acciones mencionadas la ausencia mediática ha sido la nota. No es casual. Invisibilizar la movilización cegetista es parte de la táctica de erosión. Los compañeros del campo popular no rompen con esa lógica y reproducen al modo zombie  las demandas del mercado mediático corporativo. Son esclavos del Yo del sentido común. De ese modo también se ningunea la hostilidad del Gobierno contra el Movimiento Sindical, sobre todo porque la inteligencia social del sindicalismo nacional ha afianzado la unidad en la lucha. Si se viera con agudeza, por ejemplo, el escenario de Ensenada se entendería lo peligroso que resulta el Movimiento Obrero para el gobierno neoliberal.  El progresismo es permeable a la pedagogía neoliberal que lo homogeiniza sin resistencia.

En estos actos existió un mensaje claro que interpeló a los trabajadores. Primero en la comprensión que el descontento social no tendrá un correlato electoral homogéneo trasladado al espacio nacional y popular. Segundo para despertar la conciencia de la alternancia al micro clima para elaborar un proyecto electoral que pueda contener como factor sustancial a la clase trabajadora. Por ello, en ese sentido,  en cada una de sus intervenciones Schmid insistió en la  construcción de una alteridad política que “desaloje del poder a un gobierno que nos está hambreando”, una expresión que reclama unidad para confrontar en el 2019. Está claro entonces, todos critican a la CGT pero todos la necesitan.

Esto no quiere decir que el Triunvirato ha ganado la batalla, ni que en sindicalismo no necesita cambios en sus estructuras internas. Significa que, por un lado la CGT es un factor de poder popular imprescindible para sostener la lucha en la resistencia y en la construcción de poder político. Por el otro, no se puede prescindir de la Central Obrera para la organización del campo popular. Las críticas a la CGT pueden tener fundamentos válidos pero es necesario distinguir los procesos  y comprenderlos en los momentos históricos. El paro del 25 de julio fue un triunfo de la clase trabajadora que no tuvo su real dimensión ni repercusión en el ámbito político. Al gobierno esa derrota le dolió por eso canceló el tema en los medios e intentó minimizar el impacto.

Aun con sus diferencias internas el Movimiento Obrero ha sido la fuerza social que más a golpeado al Gobierno. En esa conjunción es importante destacar la unidad que se logró con los Movimientos Sociales. Un trabajo que muchos ignoran y no lo contemplan como un alcance de la fortaleza social en la ofensiva contra el neoliberalismo. La CGT ha logrado romper con el sentido común que se imbrica en las posturas anti-sindicales a partir de un trabajo constante, silencio e invisibilizado pero persistente. Ese es uno de los grandes triunfos de la clase trabajadora. La lucha ya no es gremial, es política. Los sectores adormecidos bajo la sombra de la comodidad tendrán que despertar de su larga siesta, abrir los ojos y comprender que sin el Movimiento Obrero el neoliberalismo habría avanzado con mayor contundencia. Esos sectores tienen que liberarse del sentido común que los somete al mandato moral de su propia tiranía ideológica.  Esos sectores están, ahora, obligados a abandonar el fetichismo de la derrota permanente.

 

*Director periodístico de AGN Prensa Sindical

Periodista de La Señal Medios / Radio Gráfica: Palabra Sindical- Puerto Base – Terapia de Grupo

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