Opinión

El hombre que vendió el mundo

*Por Gustavo Ramírez

La pandemia por COVID-19 comienza parece quedar reducida a sus efectos económicos. Poco importa la cantidad de personas fallecidas o de contagiados más allá de las estadísticas cotidianas. La naturalización de la muerte, así como de sistemas violentos, pasan a ser elementos que nutren a la ideología liberal desde la perspectiva individual y unitaria del sálvese quien pueda. No obstante, el discurso igualador, ese que considera que esta situación involucra a todos por igual, se torna pueril y contraproducente.

El paroxismo discursivo se plasma desde la idealización infantil de la realidad por parte del campo político. Más allá del reconocimiento de las dificultades socio-económicas, estas narraciones suelen absolver a la patronal de los atropellos que se cometen, contra los trabajadores, en nombre de una crisis que supuestamente afecta a todos por igual. Esa totalidad es negadora de las identidades colectivas pero también las biografías personales inscriptas en los territorios sociales donde la vulnerabilidad expone con mayor énfasis a la persona.

Esta impronta discursiva se inscribe dentro de la lógica del realismo capitalista donde lo real verdadero se muestra mucho más desequilibrado de lo que la enunciación intentan, torpemente, describir. Los barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires han quedado librados a la voluntad del virus, mientras la agenda se centraliza en las necesidades de las clases acomodadas del unitarismo porteño. Es decir, se reproduce la impronta ideología del neoliberalismo donde solo “los comerciantes” son víctimas de la situación. Desde esa perspectiva el sujeto histórico “trabajador” es borrado de la geografía social económica, lo cual implica el borramiento de su identidad colectiva para hacerlo objeto de cualquier ajuste posible.

Para la economista italiana Mariana Mazzucato “esto lleva al corazón de lo que aumenta la desigualdad: socializamos los riesgos pero privatizamos los beneficios. Según esta opinión, solo las empresas crean valor; los gobiernos meramente facilitan el proceso y arreglan “fallos del mercado”. 

En tal sentido, la autora referenciada por el Papa Francisco, piensa que “el gobierno también necesita negociar con más dureza para asegurarse de que el crecimiento económico funcione para sus ciudadanos. Los subsidios y préstamos deben venir con condiciones, alineando el comportamiento corporativo con los objetivos de la sociedad. Hoy en día esto significa que las empresas que reciben asistencia para el coronavirus pueden ser hechas para retener a los trabajadores, comprometerse a la reducción de emisiones y prohibir el uso excesivo de la readquisición de acciones”. 

Si bien la economista se refiere a apreciaciones europeas el marco general del concepto puede ser aplicado a nuestro país. La desigualdad como el desempleo, por ejemplo, son estructurales, por lo que las respuestas deben ser atendidas en ese contexto. El Estado necesita fortalecerse a partir del abandono de la idealización de la realidad y por ende del asistencialismo y  ahondar su rol como estructurador de políticas estructurales con acciones efectivas. El gobierno, en ese sentido, no puede quedar encasillado en mero ayudante del capital privado, por el contrario, debe ser el impulsor de una economía nacional que resguarde las decisiones estratégicas en beneficio de los sectores más humildes.

Insistir con la superación de la “grieta” es un acto de idealismo político sumido en el peor de los infiernos ideológicos. Caminar por las paredes de la caverna platónica puede hacernos caer en una trampa peligrosa y funcional para con aquellos que durante los cuatro años de gobierno oligárquico han sido beneficiados con las transferencias de riquezas.

Las tensiones sociales no se generan producto del odio de clase sino por la producción de desigualdades e injusticia social. Los dueños del capital concentrado han descapitalizado al país y a los trabajadores y han acumulado riquezas a través de la aplicaciones de planes sistemáticos de exterminio social y cultural ejecutados con el manual neoliberal bajo el brazo. Aun cuando la impronta nacional y popular trate de ganar lugar en el actual gobierno de coalición la presión de las corporaciones aun es fuerte y logra imponer su voluntad ideológica.

En los últimos días se ha vuelto a instalar en el escenario nacional la idea de que el empresariado necesita una reforma laboral para entrar con comodidad en la era de la pos-pandemia. Hay abanderados de esta política colonizadora como el fundador de Mercado Libre, Marcos Galperin. El conflicto que mantiene con el Sindicato de Camioneros lo llevó a expresar con naturalidad, palabra más palabra menos, que la única manera de hacerse rico a través del crecimiento de su empresa, es llevar las condiciones laborales al estadio pre-peronista del 1943.

Como ejemplo: Galperin cuenta con una fortuna de 4.200 millones de dólares. En abril, Mercado Libre incrementó sus ventas en un 76 %, en el año 2019, los ingresos de la empresa fueron de 2.296, un 59 % más que durante el 2018. En esos años la pobreza en Argentina llegada al 35 %, miles de trabajadores perdieron su empleo o fueron víctimas de la flexibilización laboral. ¿De verdad podemos creer que es la grieta el problema de este país? ¿De verdad la salida es con todos?

Mercado Libre ve con beneplácito como sus acciones crecen en Wall Streat, hoy, según la Revista Forbes, la empresa vale 50.000 millones de dólares, cifra superior a las reservas del Banco Central. Mientras estos empresarios se capitalizan, al punto que las diez familias más ricas del país concentran lo equivalente al 16 % del PBI, millones de compatriotas sobreviven en las peores condiciones materiales.

La estructuración de la economía nacional necesita que el Estado supere sus instancia asistencialista y que el gobierno se haga cargo del poder que ostenta para desmatarializar la inequidad social con determinación y  decisión política. La marcha hacia la nueva normalidad no puede ser originada por este desfasaje constante producido por los mismo que hoy se consideran víctimas de la pandemia, mientras se capitalizaron en dólares bajo el signo de la especulación financiera. Vicio que hoy, en medio de esta crisis, no han abandonado.

Parte de la discusión nacional tiene que ver con poner en valor el trabajo, al tiempo es necesario resignificar el valor nacional de la producción local en manos de quienes generan la riqueza del país, que son los trabajadores. Es necesario discutir quienes son los que realmente producen y quienes los que se quedan los beneficios de esa producción.

En los próximos días se dará a conocer un Documento que cuenta con la anuencia de Movimientos Sociales, organizaciones sindicales, políticas y económicas para afrontar la posible salida de la crisis. Será un fuerte mensaje para el gobierno que está obligado a salir del discurso comprometido con la clase media y atender en profundidad las necesidades reales del pueblo trabajador.

“Es fundamental reconocer que no solo las empresas generan valor. También los trabajadores y las instituciones públicas en todos sus niveles lo hacen. Una vez hagamos esto será más sencillo asegurar que los esfuerzos de todo el mundo son remunerados adecuadamente y que los beneficios del crecimiento económico se distribuyen más equitativamente”, sostiene Mazzucato.

En Argentina esto será posible si se retoma la senda del peronismo, que en definitiva fue el movimiento que marcó el camino para el desarrollo nacional y el bienestar de los más humildes. Sobre todo si se tiene en cuenta que desde entonces se transformó el estatuto independentista declarando la independencia económica, la soberanía política y obrando para la Justicia Social como política efectiva de realización social de los hombres y mujeres de trabajo.

 

 

*Director Periodístico de AGN Prensa Sindical

23/07/2020

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