Opinión

Despertares: Comprender, pensar y actuar

Por G. R

Existe, sin dudas, una pedagogía de la colonización. El neoliberalismo trabaja sobre las ideas motoras que se establecieron hacia principios del siglo XIX en el Virreinato del Río de la Plata. La posmodernidad aguzó esos sentidos que extendieron con la globalización y en la actualidad con la expansión del dominio o desplazamiento de la subjetividad.

Esa pedagogía liberal perduró durante décadas en el imaginario social de la clase media. No es difícil indagar en esa perspectiva. La escolarización sirvió como arteria principal para poner en circulación y reproducción el andamiaje que expresó la centralidad ideológica de la oligarquía argentina. La restauración neoliberal se afianzó en dicha matriz y absorbió los nuevos viejos principios que emergieron con mayor crudeza después de la crisis internacional del 2008. El terreno fue abonado por  el retroceso de ciertas  fuerzas populares en América Latina y con el reposicionamiento de Estados Unidos e Inglaterra en el mapa geopolítico global.

Del 30 de mayo al 2 de junio de este año,  la élite financiera mundial, nucleada en el exclusivo Club de Bilderberg, se reunió en   Montreux, Suiza, para delinear el curso venidero de los últimos tiempos. Allí se encontraron 130 de las más influyente del orbe,  procedentes de 23 países.  Entre ellos se destacó la presencia del nefasto ex Secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger; el Secretario de la OTAN, Jens Stoltenberg; el Presidente de la Goldman Sachs; el Presidente del Foro Económico Mundial; ex directores de la CIA y el M16 británico; editores y CEOS de medios como Turner, The Wall Atreet Journal, The Washinton Post, Bloomberg y PRISA.

 También participaron  presidentes de bancos como el HSBC, Santader y Deutsche Bank, entre otros. Para que se entienda, esta élite es la que pretende  definir el destino del mundo en todos los términos y se reúne periódicamente para delinear políticas de dominación financiera, militar y corporativa a nivel internacional.

La presencia de Kissinger no fue menor.  El ex hombre fuerte de la Casa Blanca ha cultivado sendas relaciones internacionales y según especialistas de cuestiones internacionales, es el representante del grupo Rothschild y la orden B’nai B’rith, operadores y armadores del proyecto global New Jerusalem. Una idea de gobernanza global que, por ejemplo, contempla a América Latina como una región de recursos naturales absolutamente explotables para beneficio de organizaciones supranacionales y corporaciones de familias ricas de las aristocracia europea y judía.

Kissinger fue ministro de Nixon y de Gerald Ford, así como el más activo militante pro dictaduras militares en Amércia Latina durante la década de los ’70. Cuando Mauricio Macri habla de insertarnos en el mundo, lo que afirma, es someternos a los estándares del imperialismo financiero. Lo mismo hacen Piñera en Chile y Bolsonaro en Brasil.  La inestabilidad en la región no obedece al surgimiento de elementos populares desestabilizadores. Por el contrario, la crisis fue sistemáticamente inducida por las políticas neoliberales para favorecer la explotación de los recursos naturales, que en manos de las oligarquías nacionales, sirven a la dictadura financiera internacional.

El 16 de octubre la OEA, organismo servil al imperio financiero, emitió un comunicado donde se plasma la doctrina Kissinger: “Las actuales corrientes de desestabilización de los sistemas políticos del continente tienen su origen en la estrategia de las dictaduras bolivariana y cubana, que buscan nuevamente reposicionarse, no a través de un proceso de reinstitucionalización y redemocratización, sino a través de su vieja metodología de exportar polarización y malas prácticas, pero esencialmente financiar, apoyar y promover conflicto político y social”. 

Si aguzamos los sentidos podemos establecer un parámetro común en los discursos de Picheto, Macri, Piñera, Bolzonaro y compañía: “La estrategia de desestabilización de la democracia a través del financiamiento de movimientos políticos y sociales ha distorsionado las dinámicas políticas en las Américas. Durante años, la dictadura venezolana, con apoyo de la dictadura cubana, institucionalizó en la región sofisticadas estructuras de cooptación, represión, desestabilización y de propaganda mediática. Por ejemplo, el financiamiento de la dictadura venezolana a campañas políticas ha sido una de las formas efectivas para incrementar capacidades de generar conflictividad”. 

Las palabras pueden sonar anacrónicas y absurdas. Sin embargo, tienen eco en el hombre y la mujer común de la clase media. Sin profundizar, ellos repiten y si repiten es así y si es así está bien. Lo demás es todo una narración conspirativa de la que no se quieren interiorizar. Aceptan la pedagogía del dominio con absoluta naturalidad. Aun cuando esta incremente el dolor para la mayoría de la población con la política del descarte, hambre y mayor generación de pobreza.

Esas palabras, no obstante, fueron empleadas por las dictaduras de América durante los años de plomo, pero también  se reiteran en la actualidad. Solo que ahora se aferran a la falsa idea del republicanismo.

Pero claro, la ejecución del plan no suele contemplar las consecuencias de esta intervención financiera internacional. La reacción y resistencia de los pueblos contrarresta y repele a  la nueva conquista. El neoliberalismo en Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Argentina a encontrado sendos mojones de resistencia.  Claro que cada caso tiene sus propias particularidades. Sin embargo, la acción popular es la que pone coto a este saqueo irrefrenable que intenta imponer la élite de facinerosos en la región.

No es fácil saber que haría con su voto la clase media si se informara de estas cuestiones. ¿Podría romper su sometimiento cultural? ¿Renegaría de los beneficios sociales que cuenta como clase acomodada? ¿Comprendería que los pobres no son los artífices de su pobreza?  ¿Dejaría, como clase, de mirar con romanticismo, hacia Estados Unidos y Europa? La respuesta, a priori, sería negativa. Lo que se ha expuesto en esta nota no es novedoso. Es la herencia del país colonial trasladado al continente. Y el desclazado por lo general reniega de los principios de la clase a la que pertenece originalmente.

Don Arturo Jauretche lo explicará, de cierta manera: “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna, enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol”. 

Para romper las cadenas del sometimiento la batalla es también cultural. “La incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho anticultural o mejor dicho, el entenderlo como hecho anticultural, llevó a lo inevitable: todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar”, afirmó Jauretche.

Si comparamos lo que expresó la OEA sobre la situación regional y le contraponemos  la reflexión jauretchiana la cosa se entenderá mejor, si se quiere, obvio. No es fácil la tarea que le compete al campo popular en esta nueva etapa. Pero es imprescindible comprender que la batalla cultural es mucho más grande que la pelea con algún multimedio o el cambiar letras en el vocabulario del barrio. Y aquí es importante trabajar desde la periferia la centro en la construcción de la conciencia nacional. Para ello será imprescindible la labor del Movimiento Obrero y de los Movimientos Sociales, como fuerzas motoras de la cercanía territorial. El enemigo es grande y hace su trabajo desde el principio de la memoria.

No es el final de la historia, nunca lo fue, es un nuevo comienzo, resta saber si estamos dispuestos, de ahora en más, a ser los narradores principales del inicio. “Gobernar es persuadir”, decía Perón. Llegó el momento de volver a ponerlo en práctica. Es tiempo de despertar y recordar los sueños que nos hicieron libres y soberanos.

 

 

 

 

 

 

Subir