Opinión

Caminar junto a los pobres para volver a la clase trabajadora.

*Por Gustavo Ramírez

La crisis económica se profundiza velozmente producto de las decisiones del gobierno de continuar su ofensiva política y social contra la clase trabajadora. La gestión de Mauricio Macri necesita demostrarle a sus socios del capital financiero que es capaz a ahondar la brecha social y transferir riqueza a los sectores más ricos de la Argentina.

En ese marco la puja electoral, dentro del Movimiento Nacional, parece invalidar la discusión interna sobre el significado de “volver”. El objetivo principal quedó explícitamente encerrado en el triunfo de la urnas para desplazar al actual gobierno, algo que lógicamente parece primordial ante la dramática situación que padecen millones de argentinos, Sin embargo esa perspectiva carece de incidencia si no se elabora un proyecto cimentado en las Organizaciones Libres del Pueblo.

Si el debate se obtura por miedo a resquebrajar la unidad cabe preguntarnos qué tan sólida es la misma.  Del mismo modo es necesario romper las muros que impone el sentido común interno, que pretende un alineamiento sin discusión interna, donde todos seamos dóciles corderitos encolumnados detrás de un candidato mesiánico. Esta forma de pensamiento sirvió para naturalizar, una vez más, es desplazamiento de las fuerzas sindicales en la conformación de listas. La lectura de la coyuntura puede expresas la necesidad de reparto equitativo entre las fuerzas conexas de la unidad pero, a su vez, manifiesta el hecho simbólico de que por el momento las Organizaciones Libres del Pueblo son para este “proyecto” nacional un actor de reparto.

Si la discusión no se da ahora ¿cuándo se debería dar? Después de la elecciones sabemos que es imposible. Es posible comprender que las fragamentaciones del sindicalismo han terminado por ser funcionales a estos posicionamientos. Ahora bien, está claro que existen fuerzas retardatarias que se sienten incómodas ante la presencia del Movimiento Sindical. Este no es un espacio estático, su propia dinámica a partir de su identidad social lo lleva a disputar espacios de poder y a construir poder. Vale ver parte de la génesis histórica: Perón lo comprendió, insistimos, en 1943 cuando constituyó la Secretaria de Previsión y  Trabajo, era necesario empoderar a la clase trabajadora porque ella sería quien velaría por la concreción de la Justicia Social. Contrariamente a otros movimientos del espectro planetario, el peronismo y el sindicalismo peronista no se aferraron a la utopía sino a la realidad efectiva donde plasmar el proyecto nacional.

Durante los últimos días la ola polar puso en movimiento la maquinaria social para dar cuenta de situaciones que se han naturalizado desde diciembre del 2015. La crisis inducida por Cambiemos motivó la reacción de los segmentos progresistas, que desde su estrato social de buenos pensantes, reclaman mayor asistencialismo para los pobres. El pobre es una abstracción teórica que en la praxis social debe ser asistido por otro profesionalizado y  no cuenta con la potencia necesaria para poseer un lugar dentro de la estructura de poder. El progresismo posiciona a los pobres y a la clase trabajadora por fuera de toda estructura porque la ideología que profesa es sectorial y ampliamente moralista. Por ende es funcional al neoliberalismo en la medida que combate al peronismo.

El Papa Francisco sostiene que vivimos en la era de los sordos sociales. No nos escuchamos entre nosotros. Los tiempos del individualismo rompen con los lazos de cohesión social que nos permite reconocer al otro como un hermano. La exaltación de la individualidad constituye lo social como un recurso humano amplificado en la mercantilización de la utilidad social que el individuo posee en su propio aislamiento laboral. Este compartimento estanco no permite establecer un plano de comunicación más allá del costo beneficio y reduce al sujeto a mero “recurso”. Es decir, el individuo no escucha y no necesita ser escuchado por el otro, solo es un componente más de la ecuación económica.

Si el campo popular escuchara a Francisco daría cuenta que no es frío el que por estas horas ataca a los pobres. Es el sistema de injusticia social. Si este propio ámbito no escuchara al Papa y pusiera en valor social sus palabras se daría cuenta que el programa de gobierno que es necesario desarrollar estaría centrado en las tres “T”: Tierra, Techo y Trabajo y que el cuidado de la casa común no es otra cosa que la preservación de la comunidad organizada. Pero claro, es más cool patrocinar un proyecto nacional con el Instituto Patria, por ejemplo. No quiere decir que desde dicha entidad no se genere un proyecto alentador, quiere decir que con eso solo no alcanza, menos si soslaya la agenda de los verdaderos sectores y actores populares.

El encuentro de la Semana Social de la Iglesia, que pasó desapercibido para gran parte de la dirigencia política nacional, encumbró este debate sobre todo porque puso en debate al trabajo. Pero no al trabajo como mero asistente de la articulación política en el ámbito del pacto social, sino la trabajo como conformador de lo humano, como factor ontológico de lo social. Trabajo, unidad y solidaridad fueron los tópicos de la discusión para la articulación de la recuperación de la Patria. Pero no hay recuperación social si no se pone en la centralidad a la “persona”. Persona no es lo mismo que individuo, porque la persona expresa al ser social dentro del conjunto de la comunidad. Es la comunidad la que vela por la dignidad de la persona en la medida que posibilita el desarrollo de las potencias que se gestan en el trabajo. El trabajo como creación de lo humano.

Si el hombre como afirmó Nieztche mata a Dios se queda sin esperanza. Sin esa fe en si mismo, es decir en la persona social, que no es más que imagen y semejanza de Dios, prevalece lo individual por sobre lo colectivo. Y allí es donde gana socio-culturalmente el neoliberalismo. En el aislamiento del individuo. Las clases más vulnerables cifran su fe en la esperanza, lo cual en términos cristianos equivale a decir en Dios, por ende Dios existe a través de la fe los pobres y de los trabajadores. Por eso Jesús fue siempre un hombre de la comunidad, un trabajador que eligió vivir junto a los pobres. No es un mandato divino, no. Es una ética social y política puesta al servicio del bien común. De allí la importancia de la Iglesia que lidera Francisco: “Una iglesia pobre para los pobres”. Entonces, ¿cómo es posible dejar de lado la agenda que promueve el Papa? ¿Cómo es posible no volver al peronismo en su esencia?

La enseñanza de las jornadas pastorales, del ciclo de debate entre el 28 de y 30 de junio, nos interpeló a cada uno de los asistentes desde una perspectiva profundamente humana. La obligación ética es dar cuenta que si los “Pastores no huelen a ovejas” será imposible recuperar la centralidad de la persona humana en el ceno de la comunidad y en contraposición al individualismo. Si los líderes políticos no huelen a pueblo no comprenderán jamás el sufrimiento de los pobres, ni los padecimientos de la clase trabajadora.

Esta interpelación también incluye a los periodistas. Sobre todo a los del campo popular que creen estar por encima de la clase a la que dicen pertenecer. Asumen un rol narcisista y mesiánico pero no huelen a ovejas. Hieden a soberbia intelectual en nombre de un pueblo al que miran por encima del hombro. Ni hablar de los periodistas del sistema. Serviles y cómplices del genocidio social que gestó el neoliberalismo. Los periodistas debemos ubicarnos en el plano del término miserum corde, desde allí tender la mano para dar testimonio de los que padecen y sufren la injusticia social, pero a su vez tenemos que ceder la palabra para escuchar al verdadero pueblo, para propagar su voz sin interferir en su narración de sí mismo. Las Organizaciones Libres del Pueblo se tienen que contar a sí mismas, mientras los periodistas estamos urgido a oler como ovejas para dar testimonio del sacrificio de nuestros compatriotas en la construcción de una Patria más justa. Estamos conminados a obrar con misericordia en el sentido político y ético de la palabra.

El peronismo y la Doctrina Social de la Iglesia coinciden en su proyecto social, ignorarlos es un suicidio social. Los pobres y la clase trabajadora no pueden convertirse en un fetiche ideológico para atildar los discursos de campaña. La estrategia electoral no puede anular  a la persona humana ni los debates internos. Hay que ganarle a Macri en las urnas, sí, pero eso no implica la derrota del neoliberalismo. Por ello urge saber a dónde y con quién se quiere volver.

 

 

 

 

Director periodístico de AGN Prensa Sindical

Subir