Opinión

Encerrados en su propio laberinto

*Por Gustavo Ramírez

Héctor Daer y Carlos Acuña, como representantes de la CGT, cerraron un acuerdo con el Gobierno Nacional que funcionará como un “parche” – tal como lo definió el propio conductor de Sindicato de Sanidad – para un segmento acotado de trabajadores. Un bono de fin de año de 5.000 pesos que, a priori, los empresarios pagarán en dos cuotas: Una en noviembre y otra en enero. Una mesa tripartita sectorial en caso de despidos y la constancia de un diálogo, no parecen más que elementos para congelar el  tiempo de confrontación.

El acuerdo es un intento de otorgarle una posibilidad a los sindicatos de fueras menores de obtener un paliativo económico en medio de la crisis. Sin embargo, la política del mal menor no calo en las raíces profundas del sindicalismo  y la lectura social del mismo arrastró a la CGT a una posición incómoda. Las urgencias de las bases  no se corresponden con las acciones de la actual conducción de la Central Obrera, la desconfianza gana terreno y aumenta las tensiones internas en el ceno de la organización madre. Más allá del voluntarismo y las buenas intenciones, esta instancia de confluencia con el gobierno neoliberal desarticuló el proceso de plan de lucha, impulsado por un sector sindical dentro de la Confederación General del Trabajo.

Daer y Acuña intentaron demostrar que tiene vuelo propio y muñeca para manejar los asuntos políticos de la CGT, pero una cosa es la actitud por fuera y otra la dinámica interna. La salida de Juan Carlos Schmid dio cuenta, anticipadamente, que el ciclo de la actual conducción se encontraba agotado y sin voluntad de lucha. El último paro nacional fue un triunfo del ala interna conducida por el dirigente marítimo y fue el principio de un nuevo trazo para el Movimiento Sindical. Daer y Acuña quedaron expuestos, su vocación de diálogo va a contramano de lo que pide el contexto., más aun cuando estos dirigentes tienen un acertado diagnóstico de situación. Un acuerdo de estas características tiene una representación social negativa para el cuerpo de trabajadores y termina por ser funcional al gobierno.

Mientras la cúpula de la CGT cerraba el acuerdo con el gobierno, Maricio Macri emprendía una nueva ofensiva anti-sindical, esta vez disparó contra los gremios aeronáuticos. Detrás del ataque presidencial se esconde la intención  de avanzar contra la aerolínea de bandera y la desmantelación de los convenios colectivos de trabajo. Para la conducción de la central el ataque pasó desapercibido de la misma manera que su acuerdo quedó fuera de contexto. En un momento de alta conflictividad social, de profundización de la crisis, la dirigencia que “maneja” el destino de la Central Obrera queda relegada  en la lucha social y sumergida bajo el manto de la sospecha permanente.

El bono de 5.000 pesos puede operar como una trampa política. Es un acuerdo que el gobierno presentó como un logro propio, en primera instancia. Luego,  aun no queda claro quienes serán los trabajadores que lo percibirán. Por otro lado no alcanza para cubrir las necesidades que genera la espiral inflacionaria. Los 2.500 pesos no tendrán impacto en el poder adquisitivo porque serán devorados por la crisis hiperinflacionaria. Es decir el parche no podrá detener la sangría de la herida social que ha gestado la crisis neoliberal. Desde el gobierno anticiparon que dichas cifras pueden ser tomadas como adelanto de futuras paritarias, lo que pone  a los trabajadores en  situación de pérdida permanente.

Es cierto que la actual conducción de la CGT en ningún momento anunció la concreción de medida de fuerza alguna. El paro general era un posibilidad latente en la cabeza de algunos dirigentes. Acuña deslizó la alterativa en un par de entrevistas pero sus declaraciones fueron más ocasionales que producto de la convicción política. Una vez más quedó en evidencia que la salida de Schmid dejó un agujero grande en la conducción. La fuerza de la organización sindical madre se cimentaba en sus acciones que obligaron a Daer y a Acuña a alinearse si no querían perder el tren de la historia. Ambos dirigentes quedaron en una situación demasiado precaria para lograr consenso interno y este acuerdo fortalece dicha apreciación.

Hace unos días un periodista amigo dijo que la CGT ya no está en Azopardo. La oración adquirió un potente significado en los últimos días. Hay espacios sindicales que adquieren dimensiones superadoras del anquilosado espacio cegetista. Muchos tienen las expectativas puestas en la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte que conduce Schmmid que el próximo 15 de noviembre realizará un plenario de Secretarios Generales para definir un plan de lucha a corto plazo. Es probable que la CATT salga a la calle con una movilización contra el G-20 y no se descarta una medida de fuerza del transporte antes de fin de año. Todo está en discusión. Los gremios del sector son conscientes de su fuerza,  habrá que ver si pueden articular esa fuerza de manera ofensiva.

Daer y Acuña dejaron a la CGT encerrada en su propio laberinto. Apurados por encontrar respuestas que fortalezcan sus posiciones internas equivocaron, una vez más, la estrategia. El margen de diálogo con el gobierno sólo es amplio para el Ejecutivo.  ¿Es la CGT la que tiene garantizar que la gobernabilidad de un gobierno que eligió como enemigos a las organizaciones sindicales y a la clase trabajadora? ¿Son Daer y Acuña interlocutores válidos del conjunto de las organizaciones sindicales o son exponentes de un ciclo agotado que termina por ser funcional al Gobierno?

La actual conducción de la CGT puso a la Central en el ojo de la tormenta pero no logró obturar la potencialidad de las fuerzas combativas. El acuerdo que cerraron Daer y Acuña no es representativo de un logro social para los trabajadores. Por el contrario, fue como sacarse la pelota de encima con lateral lejos del área rival. Lo que observan estos dirigentes es que el futuro es presente y que  han hecho retroceder a la Central Obrera en el proceso histórico. Otra vez se ha perdido la  oportunidad de avanzar contra un gobierno que pretende desarticular la unidad de la clase trabajadora. No obstante, el Movimiento Obrero con o sin CGT goza de buena salud. La esperanza son aquellos dirigentes que han logrado salir del laberinto.

 

*Director periodístico de AGN Prensa Sindical

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